El HILO INVISIBLE de la diáspora chilena: homenaje crítico a ROBERTO BOLAÑO

La mayor diáspora fue la del 73, pero se mezclan otras muy propias de la convivencia chilena fracturada…. Los poetas no son santos de devoción de ninguna dictadura, su palabra inquietante irrita sus sensibles oídos…

Por Rolando GABRIELLI


Roberto Bolaño

Del valle de los caídos

Gabriela Mistral solo volvió finalmente al valle de su infancia, Huidobro y Neruda iban y venían, De Rokha y Parra permanecieron prácticamente con sus vidas en Chile, Gonzalo Rojas vivió su exilio y regresó a la provincia. Casi todos partieron y regresaron. Raúl Ruiz, un poeta del celuloide, volvió entre fados y amigos a su última morada desde París, tras una larga estadía de película en la ciudad luz y Europa. Claudio Arrau, el pianista chillanejo, virtuoso, residente en Europa y Estados Unidos, también retornó a su patria chica al final de sus días. Rosamel del Valle regresó de Nueva York y Díaz Casanueva, exiliado y diplomático, lo hizo después de un largo tiempo.

Las listas nunca están completas y siempre son odiosas, pero el poeta Waldo Rojas lleva varias décadas en París, al igual que Oliver Welden en Estados Unidos y ahora España, por más de 40 años. Esa cantidad de años pueden ser toda una vida y más. (Conozco qué significan ese tiempo y esos años). Omar Lara volvió de la tierra de Drácula y España, el novelista Germán Marín de Barcelona, los poetas Armando Uribe y Efraín Barquero están en casa, venidos de Francia.

Sé que hay más revoloteando por el mundo o en Francia, como el pintor Raúl Sotomayor, Sotelo. Ariel Dorfman se ha quedado en Estados Unidos con visitas prolongadas al patio y Antonio Skármeta regresó de distintos lugares. Gonzalo Millán dejó Canadá y volvió a Santiago.

Los exilios de los artistas chilenos, músicos, entre otros, son escalonados en el tiempo de vida republicana y tiránica. Esta es una lista arbitraria, trunca, coja, mutilada como todas, odiosa y, no faltaba más, la best-seller Isabel Allende, en California, zona gemela a Chile, pero muy distante.

Algunos se quedaron sin aire en la noche del exilio, ni el calendario ni la nostalgia les perdonó. Hubo flores quizás, lágrimas, recuerdos, himnos, el gran testigo de la memoria, amigos, la bandera tal vez, deudos, esas palabras de lo irrecuperable como una pieza de museo que nos fue robada.

Óscar Hahn se jubiló en Iowa City y volvió. Hubo un momento en que casi todos nos fuimos. Jorge Teillier, Rolando Cárdenas y su banda de sobrevivientes, se quedaron en el bar Unión Chica, esperando el tren a Lautaro o un falucho hacia Punta Arenas. Murieron en Chile con la bandera y las copas al tope. Dos pasajeros inmóviles después del golpe de Estado, y otros se sumaron también a la diáspora alimentada por una república asesinada, barranco abajo.

Los poetas no son santos de devoción de ninguna dictadura, su palabra inquietante irrita sus sensibles oídos.

Hernán Valdés, poeta y narrador, fue torturado en la parrilla de Tejas Verdes, un campo de concentración militar, ubicado en el puerto de San Antonio. (Hablé con su novia sueca en un pasaje de Santiago y le dije: me voy. Por Dios, no va a quedar nadie, respondió). Después, Valdés se convirtió en diáspora en Europa hasta el día de hoy, como el poeta Hernán Lavín Cerda, pero en México. El Paco Lira Massi murió en extrañas circunstancias en su exilio en París, a los 41 años de edad. No se lo cargó la vida, sino la muerte asesina.

La diáspora como un asalto hacia lo desconocido. La mayor diáspora fue la del 73, pero se mezclan otras muy propias de la convivencia chilena fracturada.

La memoria va registrando nombres, situaciones, armando su propio mapa de las vivencias y recuerdos, a muchos de los nombrados los conocí en distintas jornadas que recorrieron la bohemia, poesía, pintura, recitales, cine, talleres, teatro, música, fiestas, conmemoraciones, concentraciones políticas, diálogos, reuniones, concursos, todo aquello que forma parte del escenario literario y artístico y también de la política. Hubo fotos de ocasión, recuerdos para la memoria y posteridad.

Lihn y Parra permanecieron en el “horroroso” Chile y el autor de Poemas y antipoemas aún se sobrevive al llegar a los 103 años este septiembre, como un conjuro de aquellos tiempos. Su hermana Violeta vivió el peor de los exilios: el interno, hasta su muerte. La Habana, Estocolmo, París, Madrid, Buenos Aires, el antiguo DF, Moscú, Berlín, Nueva York, Barcelona, San José, Bogotá, Londres, Canberra, Berna, Toronto, Ámsterdam, Bucarest, Tennessee, Quebec, Lima, Caracas, Quito, Roma, Sao Paulo, Panamá, y algunas provincias como Marsella, donde murió Rimbaud, son las capitales, sitios de la diáspora chilena.

Volodia Teitelboim, José Miguel Varas, Carlos Cerda, también ingresaron a la diáspora en Moscú y la RDA.

Fueron muchas las capitales, las provincias, simples lugares, los cambios geográficos del exilio, encuentros, desencuentros, la clandestinidad, la conspiración, viajes, el insomnio, la palabra escrita, cartas, discursos, películas, pinturas, música, las renuncias, transformaciones, rupturas, lágrimas, abandono, frustraciones, traiciones, la derrota, tiempos maravillosos, descubrimientos, luchas, pasiones, olvidos, memoria, aventuras y desmemoria de una nueva y desconocida vida. El asesinato de Letelier en Washington y del general Prats, militar constitucionalista, y su esposa, en Buenos Aires, definió el carácter criminal sin fronteras, ni límites, de la Junta Militar. La diáspora como un asalto hacia lo desconocido.

La mayor diáspora fue la del 73, pero se mezclan otras muy propias de la convivencia chilena fracturada. Así sucede un distanciamiento que pareciera incierto al traspasar la cordillera y buscar otros lugares de residencia.

Lucho Gatica, el gran bolerista, se fue a México y no volvió más; hace tantos años que ya perdió su voz. Claudio Giaconi, autor de La difícil juventud, libro de cuentos que marcó una época en Chile, se hizo humo por décadas en NY y regresó al final de sus días a cumplir con su residencia definitiva. Juvencio Valle permaneció en aparente silencio hasta sus 99 años, cuando decidió abandonar este mundo. Manuel Silva Acevedo se quedó hasta nuestros días y escribió algunos libros memorables (Lobos y ovejas, por ejemplo). Algunos se fueron a principios del siglo pasado, sin que los echaran, sólo porque les quedó chica la patria y otros, la mayoría, fueron expulsados sin fecha de retorno, pos-73.

 Roberto Bolaño

Hacia los profundos peldaños del olvido

Carlos Droguett, un destacado novelista, se exilió y murió en Suiza, nunca regresó. La muerte tiene Patas de perro. Armando Cassígoli murió exiliado en México, pasó mutilado por Panamá. Luis Sepúlveda se exilió en el mundo, lo navegó y ancló en Girón, España, hasta nuestros días. Su esposa, Carmen Yáñez, poeta, pasó por el infierno de Villa Grimaldi, un campo de concentración, tortura y exterminio. No sé si lo leí o soñé, que Sepúlveda encontró a su mujer en un basurero después de ser torturada. Víctor Jara, el popular cantante y dramaturgo, fue asesinado brutalmente en el Estadio Chile. La lista es larga como la propia geografía del país, no se requería ser artista para sufrir alguna humillación por parte de las glorias de Chile o aparecer en alguna esquina de la vida, impecablemente muerto. (En cualquier parte del territorio nacional podría visitarte la Caravana de la Muerte). También se torturaba en La Esmeralda, el buque insigne de entrenamiento de los futuros marinos. Todo ya es historia patria, conocida, escrita y sobre todo vivida. No son más estas palabras que un guiño a la memoria, a veces, algo distraída. “Diáspora sobre la diáspora / anverso y reverso / una misma moneda / rodando la vida y la muerte / en distintos puertos / Viajaron de adentro hacia afuera / hacia más adentro / interior / exterior / asfixia de estos años / sin nombre” (RG).

La cultura sí bajó los profundos peldaños del olvido. Esta afirmación no es retórica. Ángel Parra murió en París y no volvió ni siquiera a su última morada. Que vivan los estudiantes, jardín de mis alegrías.

El apagón cultural

Los cronistas de su tiempo llamaron a este fenómeno que asoló la cultura chilena y transformó a sus artistas en “eternos viajeros” o topos locales: el apagón cultural. Un gran contraste con aquella época de la humanidad que se dio en llamar el Siglo de las Luces y estos años no fueron más que tenebrosos tiempos de tiniebla. En el siglo XVIII se pensaba que se podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía. Las luces se apagaron en Chile y bajó el telón como un largo e interminable túnel. (Miles de ciudadanos, políticos o no, fueron asesinados, desaparecidos, torturados, prohibidos de ingresar al país, y la palabra estaba censurada, literalmente prohibida si no era oficial). Los bandos militares reemplazaron el pensamiento y la escritura chilena. Al país se le caló la bayoneta con todos sus filos y costados. Se quemaron y guillotinaron libros. La gente escribía en la clandestinidad. Los NN adquirieron carta de ciudadanía y se transformaron en un lugar común. Las fosas comunes reemplazaron la muerte natural. Las osamentas siguen vivas en nuestra memoria. A cal y canto se enterró el silencio, la osamenta madre de Chile.

Santiago no me hablaba / sus calles amarillas / no me reconocían / el río inmundo se sabía cómplice / las estaciones pasaban sin nombre / los días eran tramposos, cargados de azar / y negra peligrosidad. / La tiranía movía su cola envenenada en los parques / la ciudadanía era cada vez menos ciudadana / sin derecho a nada / y eso es nada. / La República, una pesadilla / para los libros de historia / La realidad, la primera sospechosa / prefería soñar despierta / ignorar las trompetas / bombos y platillos / la inútil fanfarria / de los recién instalados / padres de la patria / en sus cuarteles / con sus cuerpos abotonados de muertos / en noches muertas de Chile / Hacían gala de sus uniformes de gala / en esas fiestas donde la muerte / salía al baile / y daba los primeros pasos / por los desaparecidos / al ritmo de Lili Marleen / La memoria tendida en el piso / siente que le están contando / los descuentos finales / de un período infame / una historia que se repetía el plato / con las entrañas de Chile. (RG)

Por aquel septiembre del 73, el avión de Neruda se quedó atascado en el último vuelo de la memoria hacia el exilio mexicano propuesto por el Gobierno azteca para proteger al Vate de las amenazas de la dictadura, lo que nunca sucedió por un vacilante Neruda que encontró una extraña muerte en la clínica Santa María, aún no dilucidada. En octubre, tal vez, sabremos cómo ocurrió su muerte luego que científicos de Europa y Estados Unidos terminen de examinar sus restos en busca de lo que le ocasionó la muerte: el cáncer a la próstata o un envenenamiento.

La diáspora como una mancha

La diáspora como una mancha se extendió, propagó, irradió por el mundo con distinta suerte y destino. Se sobrevivió como pudo y no dejó de describir el horroroso Chile (verso de Enrique Lihn), biografiarse, relatar, pintar, cantar, poetizar, pensar, reflexionar, denunciar en una palabra el escenario de la negación del ser humano.

En este contexto de los 73 y post, un joven trotskista, anarco, que se transformaría con los años en uno de los novelistas más notables del habla española de finales del siglo XX y comienzos del XXI, Roberto Bolaño, regresó sorpresivamente en agosto de ese año a sumarse al proceso chileno. ¿Se pintó de salvador de la patria el joven trotskista en un acto de suprema ingenuidad? Con la excepción de los campos de concentración de Pisagua, algunas matanzas memorables de norte a sur, históricas de obreros, represiones diversas, los chilenos no sabíamos que experimentaríamos una dictadura tan prolongada y feroz. (Pisagua, pampa del Tamarugal, norte de Chile, antiguo puerto salitrero, campo de concentración y exterminio de los gobiernos de González Videla y Pinochet. El mar y el desierto, casi se pierde el país en esa geografía inhóspita. La vida se hace sal y agua).

Bolaño, un aventurero nato, volvió al país-pasillo, como le llama a Chile, poco antes del golpe, cuando tenía 20 años de edad, y quedó enredado en una de las tantas redadas del pos-11 de septiembre, un lugar común de la infamia y que asomaba esa primavera como un iceberg sangrante de América.

Atravesó América Latina, pasó por Colombia, Panamá y llegó a El Salvador, según cuenta y nunca escribió acerca de esta experiencia por las selvas tropicales. Curiosamente Rimbaud indicó con un dedo a Panamá en el mapa, con la intención de viajar hasta el istmo, pero se desvió a Etiopía, África.

Nacido en Santiago, nunca lo habitó y deambuló con su familia por distintas ciudades, pueblos, la provincia del centro y sur de Chile.

Se fue al DF con la familia

El 68 se había ido de Chile con su familia al DF. Retornó a Santiago y viajó al sur; a su regreso fue detenido en un autobús por los militares que le retuvieron durante ocho días. Su acento mexicano, su pelo enmarañado, de chicoria, hicieron saltar las alarmas de los soldados fascistas, que por esos días cortaban las melenas, el pelo largo, con el filo de las bayonetas, como los pantalones de las mujeres. Fue confundido por un indiscutible y peligroso revolucionario. No pasó nada excepcional, volvió al DF. Con el tiempo la leyenda creció, el mito de la prisión, que guardadas las proporciones no tuvo ningún significado en el horroroso Chile. Bolaño regresaría 25 años después nuevamente al país que ya había vivido un infierno dantesco, con una larga lista larga de cadáveres y desaparecidos.

En una conversación con el narrador chileno Pedro Lemebel, editada en su libro Entre paréntesis, cuenta que salió de Chile cuando tenía 20 años, pero en verdad lo hizo cuando contaba 15 años. ¿Por qué se saltó ese quinquenio? Lemebel le reclamaba su acento español. ¿Cómo pudiste perder el acento chileno? Vargas Llosa, nacionalizado español y residente hace años en España, habla un perfecto peruano a los 80 años. También está en dudas, entre los mitos de Bolaño, que conoció en El Salvador al poeta Roque Dalton y a sus asesinos. Su agónica vida ya había escrito el mito, aunque él lo había comenzado a forjar desde muy joven, al parecer.


Pablo Neruda

¿A Neruda no le perdonó haber nacido?

Volvió cuando ya era reconocido con dos premios importantes por una de sus novelas cumbres: Los detectives salvajes. En el ínterin, había desarrollado una visión crítica de Chile y de sus escritores. Enfrentaba una suerte de pasado fantasma, había vivido 15 años verdaderamente en Chile, y se formaría como escritor en el DF. Mi tierra literaria por excelencia fue México, dijo en una entrevista. Nacido en Santiago, nunca lo habitó y deambuló con su familia por distintas ciudades, pueblos, la provincia del centro y sur de Chile. Lector visceral, no terminó la secundaria, y no dejó de escribir, leer y monologar sobre los escritores chilenos hasta casi el final de sus días. Salvaba a unos pocos narradores, poetas, especialmente Parra (su devoción) y Lihn, mientras que a Neruda lo arrastraba al fango de la historia, rescatando con alguna sutileza Residencia en la Tierra, considerada por un poeta mexicano (José Emilio Pacheco) como la obra más importante del surrealismo.

Octavio Paz llegó a decir que Neruda fue el mejor de su generación del habla hispana. Bolaño lo estigmatizó en una de sus mejores obras: Nocturno de Chile, que estuvo a punto de llamarse Tormenta de mierda.

Con su acento español, quizás Bolaño no se daba cuenta de que formaba parte de la diáspora chilena. No fue el único, se manejaba con un lenguaje crítico y arbitrariamente borgeano, con aciertos y desaciertos, como que el país no había cambiado, y de alguna manera desarrolló una obsesión por Chile y una cierta “dependencia epistolar y búsqueda, afianzamiento de su ser como escritor”, a través de las cartas que intercambió durante años, buscando su camino con escritores chilenos de distintas épocas, como Lihn, Millán y Waldo Rojas. Parra fue hasta el final de sus días su mayor devoción literaria y “lo presentó a España”, país que no expresaba ningún interés ni encanto por el antipoeta y su obra.

Curiosamente, en una entrevista del año 2000 advirtió que los escritores chilenos sólo se conocían en Chile, quizás olvidó a Neruda y la Mistral, los premios Nobel (a Parra, una periodista española le preguntó por la existencia de la literatura chilena en plena dictadura y él respondió: “No se olvide que tenemos dos premios Nobel”, y los citó).

Isabel Allende se transformaría en la más grande best-seller femenina del habla castellana hasta hoy día (no estoy hablando de literatura). Vicente Huidobro fue conocido en su tiempo por los surrealistas y los pintores de Francia, como los escritores de España. Estuvo en la Guerra Civil, donde fue herido. Hoy sigue siendo un referente latinoamericano.

En vida, Neruda fue el icono de Chile, en mi opinión lo sigue siendo, y la derecha más derecha, recalcitrante, ignorantona y mercantil le adversaba inclusive en términos clásicos casi intachablemente democráticos. El Vate pertenecía a una Isla Negra en el imaginario poético universal. De Rokha fue su enemigo declarado y también Vicente Huidobro en su estilo, Braulio Arenas, Enrique Lihn y algunos otros escritores que no recuerdo, en lo que a literatura y al hombre mismo se refiere.

Parra ocupa otro altar de las críticas al poeta que dice más admirar. Esto ocurrió en vida del autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Después de su muerte, el escenario fue otro. Aparecieron los detractores de oficio, pero Bolaño era muy joven para ese entonces y estuvo sólo unos días después del golpe y andaba errante en busca de la literatura, aún no escrita, de su propia obra. No conoció personalmente a Neruda. Se subió al carro antinerudiano cuando Jodorowsky, un performancer chileno amigo de Lihn y Parra, le dijo en México que el antipoeta era el poeta y no Neruda.

Bolaño en ese entonces era nerudiano, según confiesa cuando cuenta esa anécdota, y comenzó a militar en la poesía parriana. De allí no pararía de referirse a Neruda o referenciarlo. Borges también tenía en Neruda su caballito de batalla. Parra es el más elegante de los antinerudianos. Se han escrito varios libros sobre el personaje Neruda posmuerte. Es, al parecer, una pasión literaria. Neruda desde muy temprano contaba con el apoyo de varios críticos nacionales, sin mencionar los internacionales, que se han referido a su obra con nivel literario, estético y crítico. Destacan los chilenos Hernán Loyola y Jaime Concha, para mencionar dos de los más importantes eruditos en la obra nerudiana.

El novelista y secretario de Neruda en Francia, Jorge Edwards, acaba de terminar un segundo libro sobre un capítulo sentimental del joven diplomático en Birmania. Oh, Maligna, es el título de la novela, inicio de un poema célebre de Residencia en la Tierra, dedicado a Josie Bliss, llamado “Tango del viudo”. El propio autor dice que ese fue un amor muy importante del Vate y lo recordó hasta el final de sus días. Quizás Edwards haga la novela sobre Bolaño, que es un personaje de gran calado, y también de Parra, que cuenta con un perfil que supera los 100 años.

Enrique Lafourcade, un exquisito detractor del Neruda estalinista, sobre todo, también hizo un libro (Neruda en el país de las maravillas), donde revela el último amor de Neruda, la sobrina de su esposa Matilde Urrutia. Lafourcade está retirado hace años por padecer alzhéimer. La orden inglesa de la Segunda Guerra Mundial: hundan al Bismarck, viene como anillo al dedo para este último aedo (Neruda), como lo calificó Lihn.

Sus influencias no sólo son borgeanas

Mantuvo una correspondencia sostenida en el tiempo, además con una periodista-crítica literaria chilena que acaba de editar un libro epistolar. Estuvo mucho más preocupado de Chile de lo que sus lectores, críticos, amigos, creen o imaginan, y sus influencias no sólo son borgeanas, francesas o de otros mundos literarios, sino que sus raíces son muy chilenas.

Él fue intrínsecamente chileno, y tal vez no signifique nada para algunos, ni para el mismo Bolaño. Más de 15 años mantuvo esa correspondencia con la crítica literaria chilena Soledad Bianchi, un tiempo más que prudencial en una vida mediana como la de Bolaño, ya que falleció a los 50 años y a los 40 aún era un notable desconocido. Estaba dispuesto a que le escucharan y leyeran, quería ser escritor. Adquirió la manía de calificar y descalificar escritores chilenos, preferentemente. La lista es larga. Otorgaba reconocimientos, repartía glorias, inmortalidad, ironizaba a los que no consideraba dignos de sus gustos literarios. Es algo normal, posiblemente, entre los que se sienten seguros de lo que están haciendo y proponiendo. La aparentemente desolada tierra, árida, de la narrativa chilena, le permitía estos escarceos ya legendarios y que forman parte de su actitud frente a la literatura.

Juan Rulfo, el mágico, tuvo detractores que pretendieron borrarlo de la faz de México y de la literatura, con tal torpeza que le declararon indirectamente inmortal. Eso suele suceder, no siempre, pero ocurre.

Juan: no se diga Pedro Páramo / sino México / No sabemos qué traerán las nuevas tormentas / ni dónde volverá el sol a asomar. / El tiempo es una rata mañosa / y se mueve como un príncipe por el trigal / Sabemos por dónde el sol volverá a aparecer / México / Sí habrá un nuevo amanecer / México (RG).

 

Gabriela Mistral

La Mistral no figuró en su agenda poética

La Mistral tuvo también una relación amor-odio con Chile, le criticaba ácidamente a la raza de pacos, el chaqueteo —tan universal en el arte y en tantas otras cosas humanas— y, por lo que he leído de sus comentarios, a Bolaño no le significó nada la poesía de la maestra rural o pasó por sus distraídos dedos infrarrealistas. La premio Nobel no criticaba a los poetas y escritores, más bien fue una crítica inteligente, amical, positiva y visionaria de la poesía de Neruda, Parra, Gonzalo Rojas, cuando estos poetas no deslumbraban a nadie y ella vio en ellos un gran futuro para la poesía chilena. Generosa, pero con un ojo de halcón. Rojas y Parra fueron premiados tardíamente en España, Neruda no necesitaba reconocimientos, era muy conocido.

¿Bolaño necesitaba esta adrenalina antinerudiana y del establishment literario chileno para hacer sentir su presencia en Chile? Es una pregunta a paso de marcha sin redoble de tambores. Tenía sus gustos definidos, arbitrarios, irreductibles, absolutos. Los expresaba a boca de jarro, formaban parte de su mundo literario. Tuvo el talante y talento, la aparente necesidad de marcar el territorio ante sus mayores y pares. No ha sido el único en la historia. El detective salvaje dejaba su huella, marca, impronta, un rasgo absolutamente borgeano.

De pronto escribió en su libro Entre paréntesis, donde deja testimonios de escritores conocidos, libros, situaciones, relaciones, Chile, y avala o destierra a poetas, narradores, que: “Las imágenes que tengo de la poesía chilena se asemejan al recuerdo que guardo de mi primer perro”. A propósito de esta frase, en su poemario Los perros románticos, esboza parte de su literatura, y de su postura futura como escritor: “había perdido un país / pero había ganado un sueño”. Nos da a entender que después de esa constatación ya nada importa, “ni trabajar, ni rezar, ni estudiar en la madrugada”. Tiempo de adolescencia, crecimiento, búsqueda, inicio, y para ello están los perros románticos como un escudo.

Su exilio voluntario, familiar, lo inició a los 15 años, sin el desgarramiento del golpe militar, eso forma parte de otra historia y al sujeto le hace ver los acontecimientos de otra manera, muy distinta a la del que ve cómo se fractura su mundo real.

Más allá de algunas declaraciones, opiniones para la galería, en el contexto que le tocó vivir y su manera de presentarse en los escenarios literarios, públicos, Bolaño indagaba en el propio hígado, la realidad chilena.

El doble fantasma de Braulio / Anguita

Una persona que polemiza con su sombra suele moverse en un mar de contradicciones (eso le pasó a Borges), porque es imposible atinar correctamente a tantos blancos móviles y algunas obsesiones recurrentes, que van y vienen en un paisaje mental monotemático y alucinante. Compartieron la fobia antinerudiana, cuyo mito ha crecido invariablemente con los años, sostenido por una poética que en vida del Vate ocupó un lugar privilegiado universalmente. El mismo Bolaño, cuando daba pasos inseguros, temía transformarse en un Braulio / Anguita, expresión que puede ser un rompecabezas para cualquier lector que no sea chileno, porque asocia de manera perturbadora su futuro con el de estos dos poetas chilenos: Braulio Arenas y Eduardo Anguita. Ambos poetas adversaron a Neruda en vida y muerte. Bolaño debió conocer la anécdota cuando Arenas interrumpió un acto en honor de Neruda en la Universidad de Chile, donde le arrebató de las manos su discurso y lo rompió. Surrealismo chileno en acción. Algo quizás no tan osado haría Bolaño décadas después, en el DF, contra Octavio Paz, junto a su banda de infrarrealistas. El último maldito, han acuñado algunos. Siempre a la vera del camino, en pobreza, al lado de los perdedores. En Chile ha habido varios poetas malditos y que han terminado suicidándose. Otro, como Teillier, enfrentó su existencia gastando los codos en los mesones de los bares de Chile hasta que el cuerpo no aguantó más. No fue el único que homenajeaba el vino chileno.


Roberto Bolaño

En clave chilena

Parra, el poeta más influyente en la obra, vida y posturas de Bolaño, tuvo una azarosa relación con Neruda, poeta según sus declaraciones al que admiraba más allá de la razón, palabras que retratan la mueca irónica del eterno antipoeta. Neruda les quitó el sueño a los más grandes poetas de América y de otros continentes, como a no pocos chilenos, en vida y muerte, porque pareciera que regresara como un fantasma a la escena del crimen, 44 años después de su muerte aún no aclarada. Hay una suerte de relevo generacional para enfocar los cañones y misiles contra la obra y la vida política de un poeta que hizo y marcó una época. Quizás la lejanía física de Chile, su larga ausencia, le permitió a Bolaño radiografiar su visión de la narrativa, la poesía, de autores, acompañada de su fantástica imaginación, espíritu crítico, vicio de lector inagotable, obsesión, por todo aquello que atiza la memoria y le busca un lugar en la vida personal y pasional.

Más allá de algunas declaraciones, opiniones para la galería, en el contexto que le tocó vivir y su manera de presentarse en los escenarios literarios, públicos, Bolaño indagaba en el propio hígado, la realidad chilena, la pulsaba, le inquietaba y de esta visión da cuenta en su literatura. Vislumbró en el terreno una generación acobardada, calificó en 2000 la situación de la prosa chilena de nefasta, muy mala, enfatizó. Todos postulan a la inmortalidad. Después de De Rokha, perdonen esta comparación tal vez innecesaria, la literatura chilena no había tenido un personaje total, crispado en este quehacer, enfocado sin tregua para sí mismo y además coincidente con su obsesiva pasión antinerudiana. El Neruda estalinista siempre estuvo en su mira de francotirador y no podía entender que en su libro Las uvas y el viento —un recorrido por la Unión Soviética— Neruda no viera nada de nada. En descargo del poeta, en sus últimos libros deja entrever su descontento con el período estalinista. A Borges le perdonó todo. Sólo al final, el autor de El Aleph, cuando ya era más que tarde, aceptó que algo olía mal en la Argentina de la dictadura militar. Ya habían desaparecido 30 mil argentinos. Zurita comenta en una entrevista que Parra apoyó el golpe contra Allende, y las consecuencias para el pueblo chileno ya se conocen. Bolaño no tomaba nota de estos hechos.

Son registros distintos, atmósferas de épocas no comparables, pero hay un relevo con relación al personaje de Isla Negra. México pareció ser su patria literaria, reconoció, aunque Gobernación no le renovó su permiso de residencia y decidió partir a Barcelona, donde estaba su mamá, pero él tenía la intención de viajar unos días a Francia y de ahí a Suecia. No sabemos qué hubiese sucedido con ese cambio radical geográfico, escandinavo, aunque ya llevaba en cuerpo y alma su “novela cumbre” y otros tantos relatos. Las lecturas le hicieron escritor, sus vivencias infrarrealistas, sin duda, y su pasión por los poetas chilenos, especialmente.

Curiosamente no nombra al enemigo número uno de Neruda, Pablo de Rokha, y conservaba celosamente en su biblioteca, para admiración de su viuda, la obra del poeta de Isla Negra. Borges nunca se refirió a Parra, como si no lo conociera. Esto forma parte, reitero, del anecdotario literario, y lo que importa es la obra de un autor.

Bolaño y Neruda tienen respaldo. Bolaño sostenía que la posteridad le importaba un pito, compartía ese descreimiento con Borges, pero Neruda dijo en uno de sus versos al final de sus días: me seguiré viviendo.

Quizás Bolaño, tan aficionado a estos juegos de guerra (wargames), una pasión que nunca abandonó y que cultivó en sus largas noches de insomnio y en el trasfondo de su propia narrativa, vio a Chile como un juego, un campo de ejercicio de sus pasiones, imaginación, certezas e imaginario de ficcionador per se. Es difícil y hasta ordinario acercarse a la psiquis de un escritor, por más que lo quieras medir, porque lo que importa siempre será su obra. Ahí están sus protagonistas en El Tercer Reich o en la recién editada El espíritu de la ciencia ficción. ¿Jugaba con la memoria histórica y la realidad actual al mismo tiempo? ¿Era un apacible ciudadano de Blanes, el pueblo costero catalán, donde se refugió a escribir, culminar su elogiada y significativa obra? Allí, entre el mar y las montañas, no sólo escribía, sino que se enfrascaba en sus juegos de la Segunda Guerra Mundial y, como cuenta su hijo Lautaro, le gustaba también hacer el papel de Hitler y enfrentar a los aliados (Lautaro fue un destacado y valiente líder mapuche en la Guerra de Arauco).

Las interrogantes son las que abundan en un escritor de la talla de Bolaño. ¿Qué habría sido de su obra si no hubiese salido de Chile y no hubiera vivido en México y España? ¿Qué habría escrito, en vez de Los detectives salvajes y 2666? La vida no es lineal y la buena literatura tampoco. ¿México existiría en su prosa? Aunque algunos lo nieguen, las vivencias son fundamentales para un escritor, los espacios físicos, la gente y sus circunstancias, existen, y el presente es memoria viva, cuenta y se registra. Esto es pura especulación, pero la realidad es real, inclusive para la ficción.

El mohicano de Blanes se sigue sobreviviendo

A Bolaño no le podemos olvidar, se reproduce literariamente como un conejo y pareciera que escribió para la posteridad, y no le olvidemos, por cábala al menos, a él, aparentemente un descreído de la importancia de la literatura, un oficio que consideraba, al parecer, sin futuro. Lo recomendable es tampoco creerle a pie juntillas, al menos esa es mi sugerencia. Un detective siempre ve en el otro un sospechoso, y esa es nuestra advertencia, por más que nos asegure y reasegure que no está fisgoneando a sus propios personajes, que podemos ser nosotros mismos, poetas o simples ciudadanos de la vida. Pero él se apegó más a sus hermanos de clase, los bardos de Chile y México, y de él mismo. Me parece que Bolaño es un personaje que nadie ha explotado en la literatura y aún es un personaje en búsqueda de autor. Tal vez lo sabía, se biografió a su manera, belanió, pero se requiere del trazo de alguien fuera del itinerario de los sueños que le había proyectado la vida. ¿Lo encontrará? ¿La historia le devolverá la mano? Por ahora Edwards, fetiche de poetas, Neruda dos veces, y Lihn no le ha tomado en cuenta, pero aún tiene tiempo de incursionar además con la otra (anti)cara de Neruda: Parra.

Bolaño murió hace 14 años, para desgracia de la literatura, y nadie puede regatear su obra, su lugar o no lugar, como podría aconsejarnos él mismo, modestamente, en la historia de la literatura de habla española y universal, en la novela para ser precisos. Es un personaje caleidoscópico, se jugó en la ruleta rusa y al mismo tiempo se montó en la montaña rusa sin pedir autorización a sus mayores y menos a sus pares. Asumió el riesgo después de afrontar todas las miserias relativamente humanas, recorrer los callejones sin salida, los largos túneles del insomnio, el frenesí rambodiano en el loco DF con sus delirantes cuates, viajó por el mapa de su narrativa a Sinaloa, a los subterráneos fascistas, terroristas, del Chile de Pinochet (el paraíso del mal), toreó a los duendes de su imaginación, se defendió aparentemente de sus fantasmas (los ridiculizaba), trataba inútilmente de corregir su rebeldía paterna, pero la literatura también es búmeran de un espejo sin imagen que nos suele perseguir y reflejar. Los espejos se rompen de tanto repetir una y otra vez la misma imagen. Bolaño se salió del espejo. Sus personajes, él mismo, entraban y salían de un mismo y nuevo juego que iniciaban. Sus historias parecían no tener fin.

Aunque todo se vuelva cenizas / en el próximo amanecer / y la niebla sea el paisaje / la soledad recogida frente al mar / seremos parte de las señales / que inscribirán / los nuevos mundos (RG).


Roberto Bolaño

PD

Algunas cosas, historias, mitos y sus derivados, no me cuadran. Cada personaje es un personaje. Bolaño era, fue, es, un gran personaje de sus libros y de la historia de la literatura en idioma español y universal probablemente. Este joven enfermizo, provinciano, anarcotrotskista —etiquetas a las cuales renunció, finalmente—, poeta marginal, visceralrrealista (infrarrealista) o como quieran nombrarle a la vida a contramano (la poesía es una o ninguna cosa, es la retórica de cada época), habitante a tiempo completo del DF (esa fue su ciudad, más sus sueños, libros, amigos-cuates, amores juveniles, pellejerías, aventuras, su gran pobreza motivadora, lecturas infinitas, la frustrante memoria chilena; lo demás, más memoria, lo que traemos en el ADN, de fábrica, y no podemos desprendernos aunque no miremos nunca más hacia el pasado), autodidacta, lector de proporciones bíblicas (insaciable, de fauces felinas), fiel admirador de Borges, Parra, Cortázar, Lihn, Mario Santiago indiscutiblemente —su cuate, carnal, cómplice—, Juan Emar —un narrador chileno secreto, invisible, olvidado—, Rimbaud y el Conde de Lautréamont, Antonio Di Benedetto y todo lo que cargaba en la mochila, decía y no decía, citaba o no, recomendaba, volvía a releer, como un bibliotecario ciego abandonado en una isla. Después de despacharse la literatura argentina, enfocarse en sus escritores más relevantes, desmenuzar a unos y otros, someterlos a su análisis de lector, crítico, resolver su veredicto en un canon propio tras citar a Macedonio Fernández, Guiraldes, Ezequiel Martínez Estrada, Marechal, Mujica Láinez, Bioy Casares, Bianco, Mallea Silvina Ocampo, Sábato, Cortázar, Arlt, Soriano, Lamborghini, Piglia, concluye: hay que releer a Borges.

¿La inutilidad de escribir?

No me hubiese gustado abrir este nuevo paréntesis a un tema de esta naturaleza. Creo en el poder de la palabra, somos palabras, las palabras nos comunican hasta en los monólogos de sus autores. Somos un discurso de alguna manera, vivimos en medio de una u otra retórica, asumimos el verbo inclusive en los silencios y susurros de los más apartados monasterios, abadías o claustros. Como las campanas creen en su sonido, así siento las palabras y la vocación de su continuo repicar. Ellas saben cuándo llaman a rebato o en su silencio nos invitan a la contemplación. “Palabras, palabras / que la memoria / nos hace presente / y mañana convierte en futuro. / Un río que no deja de abrir / una nueva página cada día”.

Sobrevivió gran parte de su vida a través de múltiples oficios, inclusive del más vilipendiado: la literatura.

Bolaño, dice, interpreto libremente, no le veía futuro a la literatura como salvación de nada. Llegaría a abofetear al que no despierta de esa ilusión, sueño de eternidad. Todo pasa, nada queda, dice el poeta y canta el cantor. El escritor continúa la letra y le dice a la literatura, lo nuestro es pasar, de acuerdo con el autor de Amuleto. Aparentemente, sin fe en la escritura, se molía el hígado, el cuerpo y alma, escribiendo cada día, cada noche, como si no tuviera otra cosa que hacer para vivir o continuar viviendo. Pocos autores se inmolan en la palabra como Bolaño, a mi parecer. Si hubiésemos entrado de sorpresa a su estudio, una de esas noches del DF o Blanes, lo hubiésemos visto con las brasas en la mano, atizando el fuego de la poesía.

Bolaño obtuvo algunos lauros provinciales pagados en metálico contante y sonante. No tuvo la vida muelle de otros escritores, se acercó más a Lihn en su manera de encarar el oficio, aunque siempre supo que no sería otra cosa que escritor y que asumiría los riesgos de una actividad que consideraba como la más peligrosa. No dejaba de tener razón, se le fue la vida. Tengo la impresión de que aspiraba a instalar su obra con una mayor pretensión hacia la posteridad de lo que solía refutar en sus entrevistas. Estaba en su derecho, escribía como un condenado a muerte. La muerte es invencible, pero hay que intentar derrotarla.

Le daba cuerda al mito

Bolaño, de alguna manera cultivaba su mito, le daba cuerda (ha habido maestros que le superan indiscutiblemente —Borges—, por tanto la novedad no está en el ejercicio, sino en sus resultados y en lo enigmático de su personalidad, en ese aparente olvido de sí mismo ante el río subterráneo que recorre la literatura y su vocación, en cuerpo y alma). Él es un paréntesis de otros paréntesis, un río ahogado en sus propias palabras.

Las pistas y algunas coincidencias con el suscrito han surgido espontáneamente, a veces por asociación, casualidad, en fin, el azar también es literatura. Durante un tiempo, muchos años antes de saber de la existencia de Bolaño, mantuve una profusa correspondencia con una persona de Tijuana, me adentré en el ataúd físico de ese lugar y al tiempo me fascinaba Baja California, el desierto mexicano, quizás retenido por mi memoria adolescente que nunca ha dejado de registrar esos paisajes de olvido y olvido a través de las películas. Bolaño no existía en el radar y su literatura para mí tampoco.

Ya Tijuana rondaba mi cabeza como una tierra de nadie que apostaba al límite y no tardaría en convertirse en un lugar macabro, un infierno dantesco para las mujeres humildes.

En el 69, febrero, viajé a México y de ahí a La Habana, donde conocí a Roque Dalton, porque le llevaba de obsequio La pobre musiquilla de las esferas, de Enrique Lihn. Fue un encuentro amable, simpático, en el hotel Habana Libre; me habló de su relación con las mujeres del trópico, un Dalton juguetón, y partió en el atardecer habanero tal como se presentó sorpresivamente. La temprana madurez sexual del trópico le había impactado, según me relataba con algunos lujos y detalles, a modo de conversación ligera y distendida. Yo ya había leído El turno del ofendido, su poemario, en casa de Waldo Rojas, donde vivía. Todo pasó como llegó. (Años más tarde, en el 75, conocería la noticia de su asesinato, en Bogotá, leyendo un teletipo de una agencia internacional de noticias). Una muerte absurdamente brutal. La mano izquierda se cortó su propia mano y se la amputó por su propia ceguera y fanatismo.

¿Los guardianes de Bolaño?

Bolaño había llegado unos meses antes a residir a México. La matanza de Tlatelolco se respiraba en el DF. Se hablaba de mil muertos. La cifra real, creo nunca se sabrá. La masacre en las terrazas, en los montículos de tierra del antiguo DF, hoy Ciudad de México, Tlatelolco, en lengua náhuatl.

Todas las investigaciones y posibles testimonios no me conducen a ningún encuentro entre él y Dalton en El Salvador. Es muy dudoso ese mito bolañense y menos que haya conocido a los autores de su asesinato. La clandestinidad de Dalton por esos días era absoluta, inclusive escribía poesía con distintos seudónimos y de buenas a primeras no se iba a presentar ante un mochilero de 20 años. ¿Licencias de un novelista? ¿Propaganda de venta editorial? A Lihn le pregunté en una ocasión qué pensaba de la poesía de Dalton. No se refirió a ella, sino que me dijo que un poeta, escritor, debía estar concentrado en su obra totalmente y Dalton por supuesto había abrazado la guerrilla. Lo cierto es que nunca dejó de escribir hasta su muerte. Neruda escribió su Canto general en la clandestinidad. Ho Chi Min (el que ilumina), poeta y estadista vietnamita, fue jardinero, pinche de cocina, viajero, barredor de nieve, y escribió gran parte de su poesía en la cárcel. Lihn tenía razón, que el arte y la literatura requieren de dedicación exclusiva, es lo que me quería transmitir, pero no todos tienen las mismas urgencias. Bolaño compartía también esta entrega al oficio, por eso lo consideraba peligroso.

Más me llaman la atención estas coincidencias y diferencias que adjunto a continuación.

Bolaño y los poetas chilenos

Curiosamente conocí a cinco poetas chilenos (compartí con ellos muchos momentos vitales), todos muy vinculados posteriormente a Bolaño y su “futuro literario”, especialmente Lihn y Parra como referentes e inspiradores de su obra.

Con Waldo Rojas y Gonzalo Millán, sobre todo con el primero, Bolaño mantuvo una intensa y valiosa correspondencia, de acuerdo con palabras de Bolaño. Jaime Quezada y Bolaño se conocieron en México, compartieron allí y volvieron a verse en Chile, lazos que evidencian sus vínculos estrechos con su país de origen. A veces las definiciones de principios y literarias, sobre todo, no se compadecen con la realidad. Chile se le clavó como una larga daga, a pesar de su acento español, intensa travesía mexicana y aterrizaje finalmente catalán. Debo agregar que mi abuela era catalana.

Después de todo, su literatura escrita está vinculada a México, Chile, y no podemos olvidar su pasión argentina. Borges y la tradición narrativa argentina, a la cual le dedicó tiempo y estudio. (La pasión argentina de Bolaño, no es un mal título y se le haría honor a ambas partes). Están, sin duda, sus profundas huellas españolas, el Mediterráneo, desde donde se despidió mortalmente (nunca imaginó que más de 10 mil cadáveres africanos le acompañarían años después en el inocente Mediterráneo como uno de los cortejos marítimos más tenebrosos de la época contemporánea).

Bolaño no dejó de ser aquel muchacho trotskista, anarco, demoledor de establecimientos, el perfecto parricida que quizás necesitaba la literatura chilena, latinoamericana, aunque también fue un promotor de nuevos referentes. Venía de la nada a instalarse con una “nueva retórica”, aunque dictara cátedra acerca de la inutilidad de la literatura como supuesta tabla de salvación o recurso para asignarse un lugar en la posteridad. Desde joven asumió el compromiso de la literatura, literalmente se enfrascó con los libros, la poesía, las ideas, y su propia escritura y visión de mundo, primero en las calles, performancer con su banda infrarrealista, con quienes lanzaba las cartas de su propio Tarot. Posteriormente se abandonó a sí mismo con toda la lucidez que logró acumular y poner al servicio de sus historias. No dejó de escribir y revisar sus libros futuros, y se embarcó en su monumental 2666, entre otros textos, al final de sus días.

Zurita, el poeta, dijo de ese libro en México: “2666 es una obra maestra a la que le sobraron o faltaron 800 páginas, pero igual uno sale boqueando”. Críticos de literatura en España concluyeron que Bolaño es el escritor más representativo de la lengua de los últimos 25 años de la literatura española, con sus novelas 2666 y Los detectives salvajes. No es poco decir, Bolaño recomendaba a sus lectores que querían conocer su obra que comenzaran por Los detectives salvajes, donde encontrarían la punta del hilo de la madeja de sus demás historias. “Se puede leer como una agonía o como un juego, tiene tantas lecturas como voces”, dijo en una nota acerca de Los detectives salvajes.

Epilogando infinitos epílogos

Se ha seguido escarbando en los archivos de Bolaño, buscando en el disco duro, estrujando su memoria laboriosa, trabajo nocturno, insomne, de hormiga, libretas, papeles, notas, huellas, sus primeros suspiros como escritor, obsesiones, manías, la escritura más íntima, esa que compite con los deseos, la página oculta, lo no dicho del todo, el acto fallido, aquello que en vida no quiso o no alcanzó a editar, porque quizás lo consideraba un ejercicio para llegar adonde realmente llegó. Sólo él podría decirnos de qué se trata todo esto y si hubiese tomado la decisión de editar sus primeros vicios literarios, antecedentes y despiadados enfrentamientos con la página en blanco. Esas insomnes, angustiosas noches de animal literario nocturno, testimonian la pasión casi inconfesable de un suicida.

Los detectives que hurgan su obra son más que salvajes, feroces, no tienen piedad, lo quieren todo, digitalizan el verbo en la noche o en el amanecer de Blanes, entran con el gran saco editorial, sabuesos (o sabuesa) que no dejarán palabra sin publicar, la última, la primera, la anterior a la anterior, la acaso no pensada. Detectives entomólogos, cazando las mariposas perdidas del Nabokov chileno, aquellas descolgadas de sus alas, sí, esas que ya no volverán.

Quizás Bolaño nadó a contracorriente de Chile, ese fue su caballito de batalla, su verdadero molino de viento.

Detrás del telón

Detrás del telón de esta historia está la novela y su futuro, y si Bolaño cambió la historia, puso un pie en el siglo XXI en solitario o acompañado de una nueva generación distante del clásico boom, el tiempo se encargará de confirmarlo o negarlo. Dentro de este paisaje, escenario, persisten las anotaciones más allá de un pie de página, que la novela por fin desaparecerá. Las razones llevan algunas décadas de discusión y se agregan nuevos argumentos de acuerdo avanzan las tecnologías digitales, cambian las costumbres de los lectores, se entrometen todas las imágenes posibles en el cerebro humano.

No me voy a dar el trabajo de pensar mucho, no es un problema que me quite el sueño y me parece más propaganda de la propia novela que la realidad del fantasma que le persigue y agita desde casi al nacer. Nadie obliga a nadie a leer novelas y si lo hace es por placer y necesidad. La aventura y las vidas ajenas son una de las pasiones humanas. Bolaño y otros novelistas lanzaron sus propias teorías de cómo será este híbrido, que no tiene sabor, si es lineal o carece de estructura, etc. O si la historia es insuficiente por más verdadera e interesante que sea.

Uno de los más fantásticos prosistas de nuestra América y del habla española, Jorge Luis Borges, nunca escribió una novela y la veía con desdén, casi como un género inútil, insostenible por lo extenso y seguramente aburrido. Esta afirmación que incluyo no quiere decir que estoy de acuerdo con ella, porque cada escritor debe conocer su registro, pulsear sus propias historias, tratarlas como mejor le parezca. Joyce no pensó en un lector X, al parecer desfundó su palabra, más bien su abecedario, tan personal como universal, su voz, manera de pensar y hacer una novela, con su propio diccionario, lengua de lenguas, estados de ánimo, pasiones, rencores, placer, erotismo y amor por lo que hacía y decía a su manera: experimentó, experimentó. Irlanda era su perra amada y le bastó un día para dejarnos Ulises, una catedral de palabras que aún sigue orando por la novela y todos sus fieles cultores.

Quizás Bolaño nadó a contracorriente de Chile, ese fue su caballito de batalla, su verdadero molino de viento con el que luchó y enfrentó ácida, arbitraria y amargamente con lucidez, sus propios desafíos y sueños.

Me pregunto si detrás del telón habrá nieve o sol. No sé, y no quiero saberlo, una buena novela contiene todas las estaciones, una sola o ninguna.

El libro y la novela terminarán dando su propia batalla ante los vendedores de humo digital, estos apocalípticos caballeros que anuncian sus sendas muertes. La novela seguirá contaminándose con la vida y la imaginación. Atravesará la psiquis humana y todos los espacios físicos que considere necesarios para sus escenarios. Ella ha de saber cuál es su tiempo físico real y ficcional. La novela pagará más o menos sus propias exigencias y beneficios, el opio del mercado manipulado o el exilio de sus auténticas raíces indomables, como las practicó el irlandés Joyce, que engrandeció una lengua que no le pertenecía.

La novela tiene sus propios recursos, utiliza los de la poesía, el monólogo interior y la llamada corriente de la conciencia, técnicas que se abrieron paso con Joyce. Otros utilizaron sus nuevos y propios caminos. Proust, Kafka, Faulkner, Dostoyevski, Flaubert, Rulfo, García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, y los que vengan, van a seguir construyendo la interminable escalera de la novela moderna, que nació en español con Cervantes, aunque el género data de antes de Cristo.

Algunas novelas no tienen por qué pasar de moda, no las voy a nombrar, pero se resisten desde hace siglos, décadas, años, y no aspiraron a ser inmortales, porque la inmortalidad es para los dioses. Una buena novela te convierte en cómplice.

Bolaño escribió tal vez una sola novela, historia circular que se une a otras historias, como un gran poema, y se hace necesario, como él mismo afirma, entrar en su complicidad y leerlas todas. Esa fue su gran trampa o juego y concordamos con él: todo lo que escribió fue una carta de amor o de despedida a su propia generación, “los que nacimos en la década de los ‘50”.