“La fiesta de la vida” — Comentario de CINE

Acumulación de eventos desastrosos que se suceden durante una fiesta de matrimonio y cada uno debe ser resuelto en la medida que se va presentando. A un cierto punto, no se sabe si es una comedia o si es que hay que tomarla en serio.

 Por JOBLAR
Miembro del Círculo de Críticos de Arte de Chile

 Tal vez la mejor comedia de todos los tiempos es La fiesta inolvidable (The Party, 1969) de Blake Edwards, que jugaba con la figura de un extra cinematográfico venido de la India (Peter Sellers) trasplantado en una reunión social de Hollywood como un pollo en corral ajeno.

En el caso de esta comedia francesa, todo lo que ocurre es producto de inconvenientes que amenazan con arruinar una fiesta de bodas.

El “wedding planner” (Jean-Pierre Bacri) programa el acontecimiento en el jardín de un palacio del siglo XVII con una novia enamorada, un novio pretencioso, comensales burgueses y un equipo tan fiel como incompetente. De hecho, empiezan por negar a disfrazarse con trajes y pelucas de la época y deben resignarse ante la amenaza del despido.

En Francia hay un adagio que reza: “No se pueden escoger los eventos que nos ocurren, pero se puede escoger la manera de enfrentarlos”. Y es lo que debe hacer el protagonista ante todos los problemas que se le presentan: se echa a perder la comida, se corta la electricidad, los fuegos artificiales se lanzan a destiempo, al novio se lo lleva un globo por los aires…

Tengo que decir, eso sí, que la comedia se demora en partir. Los directores Eric Toledano y Olivier parecen solazarse por sobre todo en mostrarnos la brigada multiétnica que, de algún modo, representa la Francia de hoy. Y no tienen problema en caer en la caricatura grotesca: no por nada la actriz franco-africana, Eye Haidara, con su cráneo dolicocéfalo y su peinado, me recordó al alien de Ridley Scott.

O expresar los temores de que se descubra la presencia de trabajadores clandestinos indocumentados.

Otro elemento en juego es la obsolescencia de las antiguas formas de diversión y de comunicación. Por ejemplo, la actividad del fotógrafo va desapareciendo. De hecho, el practicante que lo acompaña tiene recursos tecnológicos más eficaces. El antiguo animador con un micrófono resulta anticuado; los discursos epitalámicos aburren hasta la náusea; las “sorpresas” degeneran en el ridículo.

La llamada al orden final, donde (tal vez al estilo de Emmanuel Macron) el “boss” recupera el control de las fuerzas que se dispersaron en un campo minado, lleva a pensar que todo lo que ha pasado es muy serio y que no hay que echarlo a la broma.

Ya hay que prepararse para una nueva fiesta.

(Le sens de la fête. Francia, 2017)

TRAILER DEL FILM:
“La fiesta de la vida”

Producción:
Corazón Films

 

 

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