LA PELÍCULA DE NICANOR PARRA: EL ÚLTIMO CUPLÉ (III)

Y seguimos epilogando “después del diluvio”, donde Nicanor Parra subió al Arca con sus artefactos, cuadernos, Bandejitas de La Reyna, las arpilleras de su hermana Viola, un piano de cola, los sermones, las  prédicas del Cristo de Elqui, los antipoemas, su cueca larga, el quebrantahuesos, las últimas palabras del cura Valente, alguna ilusión tal vez de encontrarse con Neruda y Huidobro en algún lugar más silencioso, sus cuatro casas, y unas cuantas blasfemias reales que gritaba entre sueños en medio del delirio final antes de partir ilusionado con comerle la color a la muerte…

Por Rolando GABRIELLI

Desde Ciudad de Panamá

Catalina Parra, su hija mayor, en una sorpresiva visita a Chile previa a los días del funeral de su padre, reveló que Nicanor Parra era un prisionero de sus “achaques” de la vejez y no estaba en capacidad de firmar ningún testamento. Todo esto con relación al vendaval que se ha producido con los bienes materiales e inmateriales del autor de los Versos de Salón, por parte de sus familiares más cercanos.

Dijo que se sentía serena porque ya no está atormentado. “Yo lo vi atormentado”, precisó. Y su hija Isabel, agrego: “Muy angustiado, muy torturado, muy sin saber quién era, sin saber quién es la gente que estaba alrededor de él (…); estaba en ese estado cuando estuvimos acá en 2012, con alucinaciones, con tormentos, con la angustia con que se ponen los viejos… viviendo un mundo del recuerdo y del presente”, recordó.

Bajo impenitente,
Lluvia derramada,
Dónde irá la pobre
Catalina Parra.
¡Ah, si yo supiera!
Pero no sé nada
Cuál es tu destino
Catalina Pálida.
Sólo sé que mientras
Digo estas palabras
En volver a verte
Cifro la esperanza.

(De «Catalina Parra», «Poemas y antipoemas»).

LA PELÍCULA
DE NICANOR

¿Qué vamos a hacer cuando no esté Parra? Es la única máquina folladora de su imagen irrepetible, contestaría, lúdica, antipoética, lúcida, absolutamente arbitraria, parriana con partida de nacimiento. Nicanor Parra, autor de Poemas y antipoemas, Versos de salón, Obra gruesa y La cueca larga, entre otros libros, es un personaje oleado y sacramentado en la gloria, un poeta chaplinesco, hijo del cine mudo, cuyo reinado poético se extiende hace décadas en la pobre Capitanía de Chile, jamás regida por rey alguno. Parra, a sus casi 95 años, ya se negaba a hacer mutis por el foro, y se asomaba a la platea poética a teatro lleno, diciendo: “Sigo siendo el Rey”.

Sólo sale de su casa a Isla Negra, cuando va a la casa de Neruda y hace de cicerón para ilustres visitantes. El viejo Hamlet de San Fabián de Alico demuele su propia sonrisa, si es necesario, en la solemnidad potente de su ironía. Sus maestros, Kafka y Chaplin, recrean su atmósfera frente al Océano Pacífico como si el mundo esperara una última ola.

Yo no escribo para canonizarlo, ni darle los últimos sagrados óleos, santificarlo ni llevarlo a la cruz o someterlo a la crítica, porque todo eso ya lo vivió el antipoeta que ya ascendió al Olimpo. Parra sólo necesitó un pizarrón negro para escribir la antipoesía, advertirnos que las palabras son según el espejo con que las miremos y valen por lo que nunca fueron antes y nunca significan lo mismo. Eso es poesía, aunque él quería convertir en escombros el pasado lenguaje de la poesía, pero lo que está escrito viene de muy atrás, casi antes del principio y este género viejo está en continuo movimiento y cada época tiene sus propios ventrílocuos, tejedores de una palabra nueva, poetas que miran la rosa como si ya no tuviera espinas.

Parra tal vez viene de vuelta pedaleando por la angosta faja de la poesía, con su mochila y antorcha de Gran Sacristán, leyendo al revés la Biblia, enseñando su catecismo sin Dios ni ley, viendo la interminable carretera que le espera, con su río de palabras va a la mar. Así como él le sobrevivió a Neruda, otros le sobrevivirán a él y la poesía seguirá el viejo y eterno curso de las palabras. Parra es un himno de una nueva memoria.

EL ANDAMIAJE
PARRIANO

La máquina de follar antipoesía parriana pareciera intacta, porque no sólo se trata de la palabra escrita, sino de todo el andamiaje parriano, su escenario visual, exterior, privado, secreto, sus antiguas y más modestas performances, todos los recursos histriónicos del viejo juglar. ¿Qué sería de Parra sin Parra? ¿El maestro le pregunta al discípulo?

Quienes no conocen personalmente a Nicanor Parra o han leído de paso su poesía o no han puesto cuidado en sus últimos movimientos de hace más de medio siglo, no podrán comprender cuánto ha trabajado y sudado el hombre para llegar hasta donde está. Se decidió en medio de un camino espinoso, cuesta arriba, encumbrado, rodeado de varios escaladores más y de uno que había llegado al Everest de la poesía. Parra es un maratonista de largo aliento y ha estudiado cada uno de sus pasos, movimientos y gestos, y trabajado su poesía como si Dios sólo lo hubiese autorizado a él. No se detuvo más desde que escribió Poemas y antipoemas hace 55 años. Decididamente se montó en la montaña rusa de la poesía y en sus propias palabras. Su propósito era no dejar títere con cabeza. Avanzó a diestra y siniestra, sin contemplaciones, por una autopista sin semáforos.

Recuerdo cuando Mario Benedetti llegó a Chile en el 69 y lo entrevistó con motivo del Premio Nacional de Literatura. Benedetti concluyó que Parra era un candidato al suicidio, a pesar de su euforia, mantenía un ácido humor negro. Tres años más tarde, inauguraría sus delirantes Artefactos, unos nudos ciegos que se abrían en sus perfectas contradicciones, pulsaciones para detonar en los sentidos del lector. Los vi construir en sus enormes cuadernos con esa letra champollioniana, algo infantil, de huaso sin letra, pero muy versado.

POR LA PUERTA
DE LA COCINA

Nicanor Parra había entrado por la puerta de la cocina con su nueva poesía, cocinada en su fábrica de demolición del establecimiento. Parra sobrevivió a su siglo, entró en el XXI cargado de gloria y se quedó en Chile los 17 años y medio de la negra oscura dictadura, donde la poesía vivía en una cama de faquir. Parra no ha estado sólo en el escenario poético chileno después de la muerte de Neruda. Gonzalo Rojas, Lihn, Teillier, Anguita, Hahn, Millán, Uribe Arce, Barquero, han sido las cabezas más visibles de ese período, que incluye este siglo, aunque algunos no llegaron. Creo que a Parra y a la poesía del habla castellana y a España, le hacen falta que le otorguen cuanto antes el Premio Cervantes.

Parra volvió a la palestra, con la aparición de un documental de su vida, que ha costó 11 años de edición y del que Parra solicitó unos cortes, a pesar de ser un vanguardista, nihilista, anarquista, francotirador sin impulso, mandó a detener algunas escenas de la vida amorosa real. Lo que él no vislumbró es que, después de muerto, las plumas se aceitan y los ordenadores escribirían sin cesar la historia. Véase Neruda, aunque hay opiniones y opiniones.

Retrato de un antipoeta, de Víctor Jiménez Atkins, a exhibirse en los cines chilenos. Parra tiene trayectoria de actor, ya se habían filmado dos películas sobre su vida: Nicanor Parra en Nueva York, de Jaime Barros, y Nicanor Parra, de Guillermo Kahn. Parra no alcanzó a borrar todos los cuadros propuestos sobre su filmación.

UNA ODISEA
MERITORIA

Once años detrás de Parra es una odisea meritoria, porque el personaje tiene su propio libreto, pero entre período y período habla de Dios, Martín Lutero, Allen Ginsberg, su influencia sobre los Beatniks, es lo que relata Felipe Saleh en La Nación de Chile.

Parra, molesto, de acuerdo con La Nación, habría amenazado con un juicio legal, si se incluía lo que decía de sus mujeres. Nadie en vida quiere exhibir sus calzoncillos y Parra, tantas veces impúdico con la palabra, tampoco.

La pregunta con que se inicia esta nota, es un boomerang. Esa misma me la hizo Parra en 1974 frente al Edificio de la Junta Militar, el Diego Portales, ex Gabriela Mistral y ahora Centro Cultural GAM: “Compañero, ¿qué vamos a hacer ahora que se nos murió la Catedral?”… Se refería a Pablo Neruda.

 

 

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