La vital figura de la cantora… Esta realización es un esfuerzo didáctico cargado de filosofía existencial…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile
“Puedes ser artista o puedes ser cantora. Yo escogí ser cantora”.
Esta afirmación, que puede sorprender a muchos, se explica a través de una serie de raccontos que muestran cómo el canto es una forma de catarsis y de expresión de sentimientos, que —de otro modo—, serían una teleserie lacrimosa e insoportable.
La sintonía entre la música y la necesidad de comunicar me recuerdan el Padre padrone, de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani (1977), que presenta la autobiografía del escritor sardo, Gavino Ledda, que su padre retiró de la escuela porque no quería que perdiera el tiempo que debía ocupar en cuidar los animales a su cargo.
Es así como creció analfabeto y se comunicó con el mundo aprendiendo a tocar el acordeón. Y ahí habría quedado para siempre si no lo hubiera “rescatado” el ejército para hacer el Servicio Militar.

Yo no canto por cantar relata situaciones aún más perversas, porque las protagonistas del documental fueron violadas y maltratadas primero cuando niñas y después por los esposos que les habían impuestos.
Está el caso de una que cantaba en las fiestas y que su marido, al emborracharse, muerto de celos la llevaba a la casa para darle una pateadura (cada cosa tiene un nombre), volvía a la reunión y luego a la casa en la madrugada para hacer “rayar” al caballo en el corredor, evidenciando así que él era el amo y señor.
El caso de Mauricia Saavedra, escogido por la directora Ana L’Homme, es absolutamente paradigmático: canta desde los 12 años y —en su calidad de mujer lesbiana—, ha tenido que enfrentarse con el machismo campesino y el rechazo de la Iglesia. Su relación con otras cantoras rurales y el conocimiento de tantas historias silenciadas la hicieron perseverar en la búsqueda de la poesía popular y sobre todo en el canto a lo humano, porque en él se refleja también lo divino.

El documental, que fue producido por Eduardo Fuenzalida, podría haber sido monótono y panfletario. Sin embargo, fluye con gran interés y delicadeza, con una fotografía y sonido impecables.
Se observa que fueron muchas horas de filmación las que se condensaron en los 88 minutos que incorporan al público a un mundo desconocido.
Por lo menos, en mi caso, siempre vi a la cantora como la natural animadora de un evento profano o religioso, pensando en las históricas figuras del rapsoda, del bardo o del juglar. O en la figura señera de estudiosas como Violeta Parra, que dedicaron su vida a recoger antiguas composiciones de circunstancia.
Ahora esta película me ha hecho entender una respiración por la herida que, a través de versos certeros, reconstruye existencias truncadas o realizadas a través del esfuerzo.
Esta realización es, en realidad, un esfuerzo didáctico cargado de filosofía existencial, que es necesario conocer además de admirar.

Ana L’Homme completa así el estudio que había comenzado con el cortometraje Entre la tierra y el canto (2018) y aporta a la realidad social chilena como lo hizo con la privatización del agua en El centinela de piedra (2020).
TRÁILER DEL FILM:
“Yo no canto por cantar”
Yo no canto por cantar
Chile
Colombia
Año: 2024

