“LA SANTA DE LO IMPOSIBLE” — Comentario de CINE

El tema de la inmigración indocumentada fluye sin estridencias, con todas las contradicciones que emergen de una condición inestable. Y puede también derivar al thriller contraponiendo ejercicio de la santidad con las exigencias sociales de la convivencia ilegal…

 Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)

Miembro del Círculo de Críticos de Arte de Chile

 

¿Qué puede hacer un inmigrante ilegal en Nueva York?

La pregunta es válida como lo es para cualquier otra ciudad en el mundo. Pero, ¿qué la hace distinta? ¿Es acaso el surtidero de una vida feliz que no se encuentra en ninguna otra parte del mundo? ¿La presunta abundancia de dinero es una garantía de que habrá un derrame que favorecerá a los más necesitados, así como evangélicamente los pobres se nutren de las migajas que caen de la mesa de los acomodados? 

La literatura europea del siglo XIX presentaba la situación paupérrima de algunos que no eran inmigrantes, sino los presuntos “ciudadanos” de países que distribuían mal la riqueza. Eran tiempos en que los inmigrantes eran traídos en cadenas o hechos prisioneros en su propia “patria”. En el siglo XX y ahora en el XXI, los inmigrantes son un lastre del que todos quieren deshacerse: incluso por parte de los “integrados”. Recuerdo que tuve la posibilidad de pasar por Estocolmo a visitar a un amigo chileno que no veía desde hacía muchos años. Salimos a dar una vuelta y de pronto me dijo: “Ésos que están ahí vendiendo en la calle son chilenos. Por favor, no hables porque se van a dar cuenta que soy chileno”.

¿Está claro? No se trata ni de arribismo ni de maldad: simplemente es instinto de supervivencia. El que dejó su país se transforma en un sospechoso. ¿Está huyendo de la justicia? ¿Por qué no fue capaz de progresar en el lugar donde nació?

Antiguamente, por lo menos en Chile, se quería “al amigo cuando es forastero”. Ahora hay que irse con cuidado. Muchos que emigraron a Chile lograron hacerse de una tan buena situación que nunca volvieron a su lugar de origen.

Los mismos estadounidenses no existen. Su sistema de elección presidencial lo demuestra: son 50 Estados disímiles el uno del otro, con poblaciones emigrantes de muchas partes del mundo, incluso traídas contra su voluntad.

“La santa de lo imposible” es Santa Rita y pareciera ser una de las pocas esperanzas que tienen los peruanos Paul y Tito (Adriano y Marcello Durand), que viven de ejercitar el delivery en bicicleta para un restaurante chino. No se sabe quién fue su padre, pero su progenitora es otra santa,  Rafaela (Magaly Solier), una esforzada mujer, que trabaja como camarera en un restaurante y a la cual su novio Ewald, un escritor suizo, convence para instalar un negocio de venta de “burritos mexicanos”.

Esto le traerá problemas (en ese país no es llegar y abrir un negocio): la secuencia en que llora mientras pica cebolla es transparente de emotividad.

Pero tendrá también problemas con sus hijos adolescentes en plena pubertad y auge de la masturbación. En la escuela donde estudian inglés, aparecerá una inquietante rubiecita croata (Tara Thaller), de aspecto andrógino y de espesas cejas, como se usa ahora. Su comportamiento es misterioso para los jóvenes, pero no para el espectador, que en su aire desenvuelto capta una profesional capaz incluso de un comportamiento criminal. Así, el tema deriva de lo social al thriller, haciendo coincidir una vez más emigración con delincuencia, pero sin cargar la mano en excesos. De hecho, los protagonistas son buenos como Rita de Cascia, cuya santificación fue el producto de una convivencia con una sociedad peligrosa y conflictiva. Además, al principio de la película —antes de empezar un largo flashback— vemos su imagen de yeso decapitada. También Rafaela sabe que la santidad tiene un precio.

La película no puede ser más cosmopolita: el director Marc Wilkins es suizo, la novela original es del holandés Arnon Grunberg, la guionista es la neozelandesa Lani-Rain Feltham y el director de fotografía el turco Burak Turan.

Y me atrevo a decir que la otra gran protagonista es la ciudad, como ya lo fue Manhattan para Woody Allen (1979) o en la reciente Un día lluvioso en Nueva York (2019). La cámara se solaza mostrando grandes panorámicas, el metro, las calles repletas de gente: en suma, un mundo de bienestar en el que sobrevive un mundillo de seres pequeños y anónimos.

Y creo que, en un mundo que tiende a lo pecaminoso, no peco ni venial sentenciando que el escupitajo del guanaco es una expresión de absoluta honestidad.

(“The Saint of the Impossible”. Suiza, 2020)

 TEASER DEL FILM:
«LA SANTA DE LO IMPOSIBLE»

 

 

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