LA JOVEN DE UN MILLÓN DE PESOS

Coincidiendo con la campaña de la TELETÓN 2025, el autor de este emotivo relato, Rodrigo Leal Becker, revela las vicisitudes de una bella y dulce joven discapacitada que, junto a sus abnegados padres, logra encontrar un derrotero que le permitirá enfrentar el futuro con un significativo optimismo.

 Por Rodrigo
LEAL BECKER

Imágenes:
IA

La ciudad arde con un resplandor neón bajo este cielo perpetuamente cubierto de esmog. Las torres de acero y cristal se yerguen como dioses indiferentes, sobre las sombras de quienes apenas sobreviven en las metrópolis.

Frank aspira algunas bocanadas de su cigarrillo electrónico, mientras revisa el exotraje de su hija.

—Todo en orden —murmura, mientras conecta el último cable a la silla de ruedas de Esperanza.

Eva, con su pelo platinado y gafas de aumento reflectantes, ajusta su gabardina de polímero dorado y pregunta:

—¿Lady llegó ya?

Frank mira la hora en su implante ocular.

—Nueve horas con cincuenta y cinco minutos.

Lady Blues suele ser puntual, aunque para cuando aparece la joven, Frank ya está mareado de inhalar tanto el vaper con gel sabor mojito.

Lady viste pantalones de combate, con bolsillos invisibles; chaqueta fluorescente y una coqueta tarjeta de memoria, implantada en la sien derecha, que zumba en un código inaudible, asequible sólo para ella.

—¿Listos para enfrentar a la comisiomanía? —pregunta Frank, con la boca torcida, rictus que pretende ser una semisonrisa.

—Si quieres llamarlo así —responde Eva—. Sólo tenemos que cruzar tres sectores, evadir a los drones de control y entregar el bendito formulario en la Comisión Médica de Discapacidad, antes del mediodía.

Esperanza los escucha sonriendo. Su cuerpo está inmóvil y a salvo, gracias a la silla de ruedas, modificada por Frank quién la proveyó de un sistema de propulsión magnética y un exoesqueleto ligero que ayudan a la adolescente a mantener la postura. No es mucho, pero mantienen a la joven con vida, en caso de ser atacados por los culicagados, como son denominadas las peligrosas bandas de delincuentes juveniles que pululan por los sectores arrabaleros, asaltando a jóvenes y ancianos, para sustraerles el celular y las escasas pertenencias que puedan portar.

—¡Vamos! —anuncia Lady, empujando la silla hacia el vehículo.

Las avenidas del sector céntrico están infectadas con mendigos y vendedores ambulantes. La voz de los locutores de los noticieros se filtra con la evidente noticia de que reina un calor bárbaro, producto de un sol implacable que en algunas zonas genera temperaturas incompatibles con la vida. Las melodías pachangueras se mezclan con las bulliciosas sirenas y los bocinazos de los impertinentes conductores.

Lady escanea la ruta con su implante ocular. Y señala con un certero ademán, el camino más expedito,

—Sector Uno Norte, despejado. Pero hay un Retén de Fiscalización Vehicular en la entrada. Probablemente nos soliciten nuestras identificaciones.

Frank maldice en voz baja. Si los detienen demasiado tiempo, no llegarán a la Comisión antes del mediodía, corriendo el riesgo de perder su caso por no cumplir con el comparendo.

—Podemos tomar el Callejón Rojo —propone Lady Blues—. No hay control de ningún tipo, pero…

—¿Culicagados? —interroga Eva.

—Sí —asiente Frank—. Y también policías. No creo que hagan un escándalo con los uniformados que andan rondando cerca.

Sin opciones certeras, se dirigen rumbo al Callejón Rojo. La luz carmesí de los anuncios resaltan las promiscuas botillerías atiborradas de brebajes espirituosos. Las paisas los observan con ojos especulativos, luciendo insinuantes minifaldas de piel sintética, que hacen juego con las sandalias de colores chillones. Un grupo de dealers fuma en la esquina, aguaitándolos con desconfianza.

Eva aprieta con fuerza el mango de la silla de Esperanza. Frank se arriesga a bajar del vehículo para comprar una energética, ya que es casi la hora del almuerzo y, con semejante estrés, los hipoglicemiantes le están generando dolores de cabeza y náuseas.

Procura congraciarse con la cajera del OXXO, una maciza inmigrante, de llamativos ojos verdes y con sus mangas arremangadas. Reacciona con agrado a sus cumplidos.

—Mi reina, una energética y una barra proteica…

Frank se refresca percibiendo el efecto de ese chirolazo. Pero no es el que esperaba. La cajera salta, de pronto, moviéndose con gran soltura. Se abre paso empujando a Frank, cerrando la puerta de golpe ante un mozalbete que procura escabullirse.

—¡Pendejo! ¿Qué estás sacando?

Mientras Frank cortejaba a la dependiente, unos culicagados se colaron en el local, hurtando algunos refrescos y sándwiches congelados. Burlaron los manotazos de la mujer y lograron escabullirse, corriendo, haciendo gestos obscenos.

—Culicagados, hijos de la chingada —refunfuña la cajera, casi al borde de las lágrimas—. Menos mal que tenemos cámaras por todos lados.

Frank paga silenciosamente, muy amoscado por esta situación. Deja a la cajera hablando jerigonzas por el celular, con quien parece ser la jefa del local.

Camina más que rápido al vehículo y se sube en silencio. La modeloca lo espera con el auto encendido, mientras charla con Lady, quien mira en derredor, con marcada suspicacia.

Frank acelera y exhala un suspiro al salir del callejón, manejando en silencio hasta llegar al Segundo Sector. Ahora sólo quedan los drones de control.

El Tercer Sector es un paraíso en comparación con lo que dejaron atrás. Emergen las aceras limpias, los anuncios sin parpadeos, y cámaras en cada esquina. Eva saca un dispositivo del bolsillo y comienza a teclear.

—Voy a enmascarar nuestras señales —susurra—. Tienen sistemas de reconocimiento facial, pero lograremos engañarlos, y conseguiremos acceder al Área Médica.

Un zumbido metálico los alerta de la cercanía de un dron. Se quedan inmóviles,  mientras Lady sostiene el brazo de Esperanza, quién sonríe con aire desvaído, sin darse cuenta del peligro. El dron los pulverizaría en cosa de segundos, sin que puedan hacer nada por evitarlo. Al activar Eva su hackeo, la imagen del dron parpadea algunos instantes, antes de continuar su patrullaje, como si nada ocurriese.

—¡Vamos! —grita Eva, con una sonrisa nerviosa.

La Comisión Médica de Discapacidad está ubicada en un edificio gris, sin ventanas, con unas enormes compuertas metálica. Al traspasarlas, los recibe una cyber secretaria, provista de cuatro brazos que teclean velozmente al unísono. Una sonrisa holográfica se dibuja en el rostro de metal bruñido, al mostrarle Eva el microchip con el archivo de Esperanza.

—Bienvenida, madre de Esperanza.

La cyborg recibe la unidad de almacenamiento que le alcanza Eva, y la inserta en la entrada USB que ostenta entre sus senos metálicos, diseñados para asignarle un género femenino a la androide, como si tal cosa fuera posible.

Al apersonarse la presidenta de la Comisión, los presentes se ponen de pié. Ella luce pantalones muy ceñidos, con una blusa plateada, calzando zapatillas blancas. No está maquillada y su largo cabello rubio oscuro, está tomado en una disciplinada cola de caballo.

Mira a Frank, evitando que sus facciones se alteren. Por el correo de las brujas, ya se enteró del advenimiento de nuestro docto patán. Su encono se aplaca al verlo acompañado por Eva y las muchachas.

—Hola, Frank…

—Saludos, colega.

Contempla a Esperanza con aire de curiosidad. Por los archivos de la niña, advierte que la pensión está más que justificada. Pero ella quiere conocerla, verla y tocarla. Inclusive, más allá del más elemental criterio clínico. Prima la curiosidad y la conmiseración. Frank es uno de los pocos médicos, —sino el único—, que tiene una hija con parálisis cerebral.

La doctora conversa con Eva, al entrar a la consulta, mientras Lady guía a Esperanza dentro de su exoesqueleto. La instalan con un casco de realidad virtual, mientras la doctora también utiliza uno, bastante más sofisticado, con incrustaciones doradas y cosas por el estilo.

En la realidad virtual, se ve una casa de campo, grande y rústica, al borde del lago, con volcanes y montañas circundado el paisaje.

Ahí se sienta la doctora a conversar con Esperanza, quién, en virtud de la tecnología, viste de blanco ligero, con sandalias holgadas y frescas.

¿Cómo te sientes?

—No puedo moverme de la cintura para abajo. Y apenas tengo un poco de sensibilidad. Me cuesta tomar objetos pequeños. Y se me cae mi comida. Apenas puedo distinguir la luz de la obscuridad. No controlo los esfínteres y me defeco y me orino sin continencia alguna, a veces, cuando estoy muy exaltada, o para vaciar los intestinos… Cuando tengo frío, me pongo triste, pero no sé cómo decírselo a mis padres, aunque aprendí a toser para manifestar mi disconfort… Puedo expresarme cuando tengo hambre, aunque no siempre reconozco la sed… Si estoy con mucha gente, en ocasiones puedo convulsionar, aunque me tranquiliza estar con mi madre, mi padre y personas conocidas… Me gusta escuchar rondas infantiles y me enojo y reclamo mucho cuando se apagan. No me gusta la música de las otras jóvenes de mi edad… Me dan miedo las sirenas de las ambulancias y de las bombas: me recuerdan cuando me llevaron, en pleno estatus epiléptico, a que me realizaran exámenes imagenológicos… No me gusta que mis papás se griten y me dan miedo los ladridos de los perros…

—Qué bueno que tus padres son profesionales y que se preocupen de tu bienestar y de que nada te falte. La parálisis cerebral asociada a mutaciones en el gen KIF1A es una encefalopatía motora de origen genético, poco común, causada por alteraciones en un gen crucial para el transporte intracelular neuronal. El gen KIF1A, localizado en el cromosoma 2q37.3, codifica una proteína motora del tipo kinesina, que actúa como un “vehículo molecular” moviéndose a lo largo de los microtúbulos neuronales, donde su tarea principal es transportar vesículas sinápticas, mitocondrias y proteínas esenciales hacia los axones y sinapsis. Cuando KIF1A funciona mal el transporte axonal se interrumpe, las neuronas, especialmente las motoras o piramidales, sufren degeneración o un mal desarrollo. Esto da lugar a un síndrome neurológico progresivo o estático, dependiendo del tipo de mutación que se caracterizaría por dificultad en aprender a leer, a escribir e, inclusive, a hablar, disminución de la fuerza de las extremidades, por lo que apenas te puedes arrastrar por el piso, con marcada torpeza en la realización de tareas que requieren de motricidad fina, movimientos involuntarios espontáneos y bruscos, severas dificultades para relacionarte con las otras personas, crisis donde pierdes el conocimiento y comienzas a convulsionar; una visión donde apenas distingues la luz de la obscuridad, disminución de la sensibilidad en las extremidades inferiores y superiores, entre otras alteraciones…

Esperanza asintió, como quién escucha una historia muchas veces repetida.

—¿Y no me voy a mejorar?

La médico suspiró, profusamente.

—Nuestros avances médicos han sido sorprendentes y ya conocemos la causa de tu enfermedad, pero me temo que la cura definitiva aún no está muy desarrollada. Sólo podemos apoyarte con medicamentos que estabilizan tu sistema nervioso y que permiten un funcionamiento casi normal del resto de tus órganos. Además de que a tus padres les asignaremos un apoyo monetario, de por vida, para que puedan velar por tu salud y bienestar, sin estar siempre estresados por el dinero, que escasea.

—Si, ellos son buenas personas, siempre me están cuidando y se esmeran en que yo esté contenta y a gusto, sobre todo mi mamá. A veces los noto muy tristes por mi enfermedad. A veces discuten porque yo no soy como las jóvenes de mi edad. A veces se preguntan ¿por qué?

La doctora toma las manos de la bella joven y, juntas, se contemplan en silencio.

—¡Aprobado! La pensión de UN MILLÓN de pesos será transferida en 24 horas…

Las tres exhalan, al unísono, un grito de alegría. Habían ganado, por esta vez.

Pero antes de recibir la confirmación, un androide de la Comisión les indicó que debían esperar. Se sientan a esperar en los pasillos abarrotados de gente, rodeados de murmullos y de luces frías, parpadeantes.

Repentinamente, Esperanza convulsiona, con su cuerpo agitándose de manera violenta, Eva lanza un grito de alarma, con una voz que resuena por los antiguos pasillos.

—¡Ayuda! ¡Necesitamos ayuda!

Lady Blues se paraliza y mira la escena con los ojos muy abiertos. Frank, con la calma entrenada de años de práctica, sujeta con firmeza el rostro de Esperanza y rápidamente le administra un poderoso antiepiléptico sublingual, mientras sus manos firmes estabilizan el cuerpo de su hija. Poco a poco, la crisis se yugula y el silencio cae sobre ellas, mientras la joven recupera la respiración. Eva suspira, aliviada, aferrando a su hija con fuerzas. Lady traga saliva, mientras Frank guarda el frasco de midazolam con un gesto cansado.

—Todo bajo control —señala en voz alta.

Al presenciar una escena semejante, los funcionarios de la Comisión aprueban la pensión de inmediato, haciendo gestos para calmar al público enardecido.

Frank las contempla con una semi sonrisa, antes de escabullirse al lavabo. Los azulejos brillan y el jabón líquido, con esencia de chocolate, se ofrece como dulce corolario de semejante aventura.

Las mujeres lo esperan en el auto. Al ingresar, vitorean al unísono a la líder de la expedición.

—¡Heil modeloca!

Para tranquilidad de todas, Eva se baja, en una de las tiendas del barrio alto a comprar lasaña, con una variedad de aliños; salsa bechamel, jamón, pesto y ajo, y salsa de tomate con carne.

Cuando llegan al departamento, ansiosas sirven los deliciosos platillos. Pero Esperanza ni siquiera prueba la lasaña. Y exige con absoluta imparcialidad, su habitual plato de arroz con atún en conserva, acompañado de ensalada de tomates…