
Disney Studios se reivindica con una sana producción de tipo familiar, sin referencias al mundo Wok y sin alusiones, por ejemplo, al tema del incesto, que fue estudiado por la antropóloga Margaret Mead. El tema principal es la ancestral tendencia humana al conocimiento…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile
Todo comienza con una excursión de Moana en una isla desconocida, junto a sus amigos, el cerdito Pua y el gallo Heihei. Gracias a ellos encuentra parte de una pequeña vasija que le confirma que allí ha vivido o vive una tribu similar a la suya.
Su obsesión es encontrar a otros grupos humanos similares al propio y lograr la conexión con otros pueblos del Océano Pacífico. Porque para ella, “el océano no es lo que nos separa, sino lo que nos une”.
No por nada, ese enorme continente fragmentado fue repartido tanto por asiáticos como por europeos y su unificación política es prácticamente imposible.
En esta película, el responsable de esa situación es una divinidad autoritaria, Nalo, que no desea que los humanos se organicen.
Esta secuela de la película de 2016 iba a formar parte, originalmente, de una serie de la plataforma Disney, pero más tarde la casa madre decidió destinarla a la pantalla grande reivindicando así su estatus de entretención familiar, alejándose del mundo wok y otras yerbas que, por lo menos para mí, resultan benéficas.
Moana inicia una expedición en una balsa a vela, compuesta por una tripulación improbable: la genial inventora Loto, el viejo y gruñón campesino Kele, las mascotas, y un muchachón llamado Moni, con poco cerebro.
El episodio me recordó la hazaña que cumplió el navegante francés, Éric de Bisschop, al viajar desde Papeete hasta Chile con la balsa Tahiti-Nui, en 1957.
Jaime Bustos Mandiola escribió su libro Las mascotas de la Tahiti-Nui, que —antes de aparecer en volumen—, fue publicado en 20 capítulos por la revista “El Peneca”.
La alegoría resulta clara: la búsqueda del conocimiento y el descubrimiento de lo nuevo (o sea, del futuro), conlleva el miedo que genera el instinto de conservación y de la presencia del otro (esto es del alieno).
Y, todo ello, se encarna en varios personajes. Algunos secundarios merecen una mención. Maui vuelve a aparecer como un semidiós con sus tatuajes animados, que me parecen particularmente didácticos para entender la pictografía como la precursora del alfabeto.
Están los divertidos guerreros kakamoras, entre los que destaca Kotu. Aparece el espíritu de la Abuela Tala, que vela por Moana, además de Tautai Vasa (un antepasado que le confirma que más allá de la barrera de corales hay otros pueblos), y la misteriosa figura de Matangi que, circundada por zorros volantes, siembra la duda en todo lo que la protagonista cree que sabe de sí misma.
Pero la que se roba toda la escena es la graciosísima Simea, la hermanita menor, candorosamente encantadora.
Un último detalle: en Italia esta serie se intitula Oceanía y no sólo porque el océano constituye otro personaje. Por su parte, la protagonista se llama Vaiana, porque el nombre Moana está ligado a una pornostar, Moana Pozzi, que lució sus genitales y acrobacias en unos 70 títulos, entre películas y videos. Se notificó su muerte por cáncer al hígado a los 33 años, el 17 de abril de 1994, a pesar de que algunos afirman que vive en un país lejos de Italia.
El hecho es que su nombre ha trascendido y se relaciona por antonomasia con la pornografía.
Más suerte tuvo su colega Ilona Staller, conocida como “la Cicciolina”, que fue elegida como diputada del Parlamento Italiano en 1987, a los 36 años, y que —por haber estado cinco años en el Congreso—, obtuvo una pensión de 39 mil euros anuales, es decir, unos tres millones 250 mil pesos mensuales. ¿O usted creía que esas cosas ocurren solamente en Chile?
TRÁILER DEL FILM:
“Moana 2”
Moana 2
Disney Studios
USA
Canadá
Año: 2024
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