Película de terror cuyo relato es visto desde la perspectiva de un perro regalón. Muy buen experimento cinematográfico, que además motiva una reflexión acerca de la realidad desde un punto de vista cognitivo…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile
El perro ha tenido vasta presencia como protagonista en el mundo del cine. Nombres como Rin Tin Tin (1918-1932, con 12 pastores alemanes que lo han sucedido) y Lassie (desde 1943 se han sucedido 10 collies de pelo largo), son parte del imaginario colectivo de los cinéfilos.
Además de la serie televisiva austriaca Comisario Rex (Kommissar Rex, 1994-2015), ha habido simpáticas comedias policiales como K-nino (K-9, de Rod Daniel, 1989, con Rando y Jim Belushi) o Socios y sabuesos (Turner & Hooch, de Roger Spottiswoode, 1980, con Beasley y Tom Hanks) y las infaltables producciones Disney como Su más fiel amigo (Old Yeller, de Robert Stevenson, 1957, con Spike y Tommy Kirk) y Operación Salchicha (The Ugly Dachshund, de Norman Tokar, 1966, con Brutus, Dean Jones y Suzanne Pleshette).
No es tan común verlo en películas de terror, pero en este caso es completamente diverso. En efecto, porque se trata de un relato que se desarrolla desde la toma subjetiva del héroe canino capaz de percibir lo que los humanos sólo intuyen.

Indy (nombre real del “toller”), en la vida real, es la mascota del director Ben Leonberg y de su esposa, la productora Kary Fischer.
El rodaje de la película duró tres años, puesto que los resultados son el fruto de un montaje de una gran cantidad de tomas que permiten seguir coherentemente el relato. O sea, el simpático perrito no es necesariamente un buen actor, sino que se interpreta a sí mismo y – según mi opinión —se utilizó el material filmado aplicando el ya secular efecto Kuleshov (1922), gracias al cual una misma expresión facial sirve para interpretar una secuencia de forma diferente según el contexto de los planos circundantes.
Esto último no desmerece para nada la actuación de Indy ni la habilidad de los realizadores. Hace muchos años oí decir que los perros no sólo atacan porque sienten la adrenalina de una persona temerosa, sino que también ven el aura que emana de los cuerpos humanos y que los humanos sienten como empatía positiva o negativa.
Hay varios estudios al respecto, pero lo que me interesa es que, en la ficción del relato, Indy ve cosas y eventos que su amo no ve, pero presiente.
Todd (Shane Jensen), es un joven muy enfermo y mentalmente inestable, que puede contar sólo con la ayuda de su hermana Vera (Arielle Friedman) y la compañía de su mascota. Es así como “en una noche obscura y tempestuosa (precisamente como empieza Snoopy sus novelas), se traslada con el perrito a una aislada casa en el campo, que ha sido abandonada por la presencia de un fantasma maligno. En efecto, allí murió su abuelo y la historia está a punto de repetirse: sólo un vecino merodea camuflado instalando trampas para zorros (Todd, en inglés, significa justamente “zorro” y Tod, en alemán, es “muerte”).
La película es un largo flashback y – desde el primer momento del relato, se comprende que la casa está embrujada, sólo que, como todo se conoce a través de la mirada de Indy, no hay respuestas lógicas para todo lo que ocurre.
Por ejemplo, no se expresa directamente cuál es la enfermedad de Todd ni a qué tipo de experimento deseaba someterse. Parte de la información llega a través de un extraño coprotagonista: el abuelo, que ha dejado una serie de grabaciones que se repiten en el televisor, como en El aro (Ringu, de Hideo Nakata, 1998).
La puesta en escena es la de Actividad paranormal (Paranormal Activity, de Oren Peli, 2007) y hay más de un homenaje a Hitchcock: el sótano, la sangre que se escurre con el agua por el desagüe…

El perro no tiene miedo propiamente, porque el miedo lo sienten l@s espectador@s —¡atención!— no por ell@s, sino por lo que le puede pasar al perro.
Es una de las tantas características espeluznantes de la película con las que juega el director al punto de mostrar lo que el perro sueña: es decir, la identificación con éste es absoluta. Sólo que su instinto lo lleva a ser curioso por no tener una conciencia desarrollada acerca del peligro, sobre todo porque ha sido siempre un animal casero.
Por ejemplo, un perro viejo que aparece en el living y sube la escalera no es más fantasma de lo que puede ser una alucinación para un ser humano; las imágenes de la televisión, que mezclan escenas de películas de terror con grabaciones caseras, tampoco son reales a pesar que los seres humanos se han acostumbrado a mezclar lo verdadero con lo ficticio.
Lo que sí resulta real para tod@s es el entorno: el cementerio familiar clandestino, las tormentas, las tinieblas profundas rasgadas por la tenue luz de las velas que se apagan.
Por otro lado, los planos de cognición nunca son intercambiables: el mundo, que ve Indy, existe de la cintura para debajo de los humanos y los rostros de éstos no se ven o están en la penumbra; pero su percepción de ese mundo es perspicaz, repleto de fidelidad y de intuición.
Sorprendentemente buena, creo que se trata de una experiencia cinematográfica difícil de repetir. Mejor verla antes de que empiecen las imitaciones.
TRÁILER DEL FILM:
“Good Boy”
Good Boy
USA
Año: 2025
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