“NUREMBERG: EL JUICIO DEL SIGLO” — JOBLAR COMENTA ESTRENOS DE CINE

Las casi dos horas y media de la cinta fluyen de manera impresionante, considerando que la primera parte está dedicada a establecer si el juicio es posible según las normas del derecho internacional…

 Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
 

Círculo de Críticos de Arte de Chile

 

Cuando vi Juicio en Nüremberg (Judgment at Nuremberg, de Stanley Kramer, 1961), el Mossad había ya secuestrado a Adolf Eichmann, en Argentina, llevándolo a Israel para juzgarlo.

También en Chile se estaba transmitiendo el radioteatro Adolf Eichmann, el verdugo nazi, producido por la Agencia Publicitaria Wexler y que tenía como protagonista a Julio Jung, en una primera fase, y a Reyneres Sanhueza Castillo, en una segunda.

La película me sorprendió por las extraordinarias actuaciones no tanto de Spencer Tracy, Burt Lancaster y un exordiente Maximilian Schell, sino sobre todo de Judy Garland y de Montgomery Clift, que son impactantes en los pocos minutos que están presentes.

Las imágenes de los cadáveres de los campos de concentración estremecían al público y a los protagonistas, que coincidían en una lacerante pregunta: ¿Por qué?

Han pasado seis décadas y media. La pregunta sigue vigente y esta película de James Vanderbilt, director y guionista de Conspiración y poder (Truth, 2015; acerca del presunto servicio militar de George W. Bush), quiere ir más arriba, a la cúpula del poder.

En el film de Kramer, los acusados eran cuatro jueces que habían faltado a la ética; aquí son los que dieron las órdenes, empezando por Hermann Göring, el brazo derecho de Hitler, en la caracterización de un extraordinario Russell Crowe, ante el cual todos los demás protagonistas empalidecen.

El guión se basa en el libro El nazi y el psiquiatra, publicado en 2013 por el periodista Jack El-Hai, que se basó en las memorias del teniente coronel Douglas Kelley, especialista del ejército estadounidense, interpretado por Rami Malek (Bohemian Raphsody, Papillon), y es el encargado de tratar a los 22 acusados.

Las casi dos horas y media de la cinta fluyen de manera impresionante, considerando que la primera parte está dedicada a establecer si el juicio es posible según las normas del derecho internacional, cuestión que hasta el día de hoy se discute y en la que se tuvo que “recurrir” al mismísimo Papa Pío XII, considerado por muchos como responsable intelectual de los crímenes contra la Humanidad.

La labor del juez Robert H. Jackson (Michael Shannon), designado por los aliados, resulta titánica y abrumadora. En realidad, todos deberían ser responsables y, sin ir más lejos, los soviéticos están entre los acusadores.

Göring es monolítico, manipulador y su carisma apabulla con su sola presencia: incluso, no se quita el uniforme en momento alguno.

Los diálogos son un duelo psicológico con Kelley: para el Mariscal del Reich, los nazis perdieron la guerra, pero siguen siendo superiores.

Eichmann habría de defenderse diciendo que cumplía órdenes y la pensadora judía, Hannah Arendt, (véase la homónima película de Margarethe von Trotta, 2012), identificó en éste “la banalidad del mal”.

¿Se puede decir lo mismo de los mandatarios? ¿Son locos o malvados? Kelley se siente en una incómoda situación porque, incluso, entra en contacto con la mujer y la hija de Göring (que toca el piano), porque ellas no están siendo cuestionadas por los crímenes del marido y el padre.

En muchas películas y documentos (verbigracia La conferencia / Die Wannseekoferenz, de Matti Gerschonneck, 2022; La zona de interés (The Zone of Interest, de Jonathan Glazer, 2023), se evidencia que la “solución final” está fuera del campo ético: los condenados al exterminiopor ejemplo, los gitanos y los Testigos de Jehová—, serían “humanoides”, como dijo una vez por ahí un personaje.

¿Tendrá lugar una justicia “en la medida de lo posible”, como dijo otro prócer de la equidad? Son demasiadas las preguntas que quedan en suspenso. Cuando se muestran en un mapa los  campos de concentración, Göring sólo pretende no haberlos conocido todos y que eran “campos de trabajo”.

Al ver la enorme cantidad, queda claro que era imposible desconocer su existencia y – sobre todo – por parte de los aliados y los estadounidenses que tenían espías en todas partes. Además, ¿nadie sabía de las deportaciones en masa?

Otro tema que plantea el film es la convivencia del Bien y del Mal, que se ha visto en personajes imaginarios, como Clarice Starling y Hannibal Lecter en El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, de Jonathan Demme, 1991), Debra Winger y Tom Berenger en Traicionados (Betrayed, de Costa-Gavras, 1988), Teresa Wright y Joseph Cotten en La sombra de una duda (Shadow of a Doubt, de Alfred Hitchcock, 1943), o El extraño (The Stranger, de Orson Welles, 1946).

La tarea de Kelley es determinar si los implicados están en su sano juicio y las conclusiones del facultativo serán lapidarias pero por ser auténticas—, le costarán su carrera: seres así los encontramos día a día en la calle y —a pesar de su aparente inocuidad—, son capaces de las acciones más execrables.

Y no es necesario ver películas para encontrarse con situaciones y personajes similares, porque basta ver los noticiarios en la televisión: genocidios como el de Gaza, ataques a seres indefensos, balaceras en escuelas, jefes de Estado megalómanos que vociferan prepotencia respaldados por muchedumbres temerosas. Y presuntas organizaciones internacionales que demuestran su incapacidad de actuar.

Pero, sobre todo, se mantiene la ideología de Benito Mussolini con respecto a las acciones bélicas: “A un país inferior no se le declara la guerra: ¡se le invade!”.

Por su parte, Göring sabe que su suerte está echada y exclama: “¡Heil Hitler!”. Él sabe que no va a ir a ninguna cárcel. ¡Abracadabra! 

TRÁILER DEL FILM:
“NUREMBERG: EL JUICIO DEL SIGLO”

 Nuremberg
USA
Año: 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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