“MUSEO” — Comentario de CINE

¿Por qué la gente hace lo que hace? ¿No hay un proyecto de vida y, por ello, robar es un pasatiempo? Es una de las probables preguntas de esta película mexicana, que también podría ser una denuncia a la falta de conciencia nacional colectiva…

Por JOBLAR

Miembro del Círculo de Críticos de Arte de Chile

Los hechos son reales. En la Navidad de 1985, dos jóvenes robaron piezas arqueológicas del Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México (incluida la máscara funeraria del rey Palal) y después no sabían qué hacer con ellas.

Juan (Gael García Bernal) y Benjamín (Leonardo Ortizgris), son eternos estudiantes, que pretenden hacerse millonarios con un gran golpe. Al igual que en Topkapi (de Jules Dassin, 1964) y otras películas similares, el público espera que lo consigan y lo consiguen, poniendo en cuestionamiento todo el sistema de seguridad de uno de los museos más importantes del mundo. He tenido la suerte de conocerlo y doy fe de su grandiosidad y excelente escenografía, como asimismo de todos los tesoros que allí se conservan.

Alfonso Ruizpalacios no pretende entregar un relato documental de una historia ya conocida y mezcla realidad con ficción. Los protagonistas se dan cuenta de la gravedad de su acción cuando ven el noticiario televisivo, que califica el robo de un ataque a la entera nación y de que se ofrece una conspicua recompensa para el que encuentre las piezas substraídas. Además, está la reacción negativa de los padres.

Y empieza el road movie, que primero cristaliza la imposibilidad de vender el botín y luego transforma al protagonista en un Raskolnikov que no sabe qué hacer con su crimen, cayendo en un escapismo fin a sí mismo, como la orgiástica exhibición de la fláccida desnudez de Leticia Brédice en la playa.

En realidad, importa poco los premios que haya obtenido. Lo que me interesa es lo que la película es capaz de comunicar y si ésta persigue algún objetivo o busca la simple entretención,

¿El director trata de reflexionar acerca de la identidad de México y de la desorientación de los jóvenes que —por lo demás— parece que es universal? ¿Por qué la gente hace lo que hace? ¿Falta vocación? ¿No hay un proyecto de vida y, por ello, robar es un pasatiempo?

Éstos no son Los olvidados, que Luis Buñuel describió en 1950. Tampoco son los aburridos jovencitos de clase alta que se transforman en asesinos en Compulsión (Compulsion, de Richard Fleischer, 1959). Las mismas fechas de esas películas evidencian que las circunstancias son diferentes, pero el fondo sigue siendo el mismo: teniendo nada o teniendo todo, la tendencia delincuencial está en la naturaleza humana y hasta puede ser un pasatiempo.

Cabe eso sí una reflexión, que me lleva a pensar en la película chilena Robar a Rodin, de Cristóbal Valenzuela Berríos (2017): se echa de menos lo que se tiene cuando se pierde; la vitrina vacía es más atractiva que lo que contiene. Además, se constata que cualquier objeto puesto en un museo cobra valor “cultural”. Y lo demostró Marcel Duchamp colocando un urinario como “Fuente”.

Ruizpalacios comienza con la remoción de un monumento gigantesco de su lugar originario, lo que demuestra el poco respeto por los ancestros nacionales, ya pisoteados por los conquistadores, obscurecidos en el período de la Colonia e ignorados en la actualidad. Falta una conciencia nacional colectiva, que el director intenta recordar con las ruinas mayas de Palenque, contrastándolas con el resort de la costa de Acapulco.

Esa es una de las posibles lecturas, pero el director se preocupa más de la suerte de sus personajes. Y, en mi opinión, recurre a un actor sobrevendido como García Bernal, que siempre se interpreta a sí mismo, incluso cuando se pone un  bigotito para representar a un improbable policía Peluchonneau que persigue a un improbable Pablo Neruda, como el inspector Garimard persigue a Arsenio Lupin.

(“Museo”. México, 2018)

 

TRAILER DEL FILM:
“MUSEO”

PRODUCCIÓN:
Cinépolis

 

 

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