Precuela de El Rey León, con la historia del padre de Simba, que se detiene antes de los luctuosos acontecimientos conocidos por el público. Para mi gusto, la tecnología no ayuda al relato y disminuye la empatía con los personajes…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile

Desde sus comienzos, Walt Disney fue criticado por antropomorfizar la naturaleza en sus películas de dibujos animados. A partir de Streamboat Wilie (1928) y de la serie de 75 Sinfonías tontas (Silly Symphonies, entre 1929 y 1939) —además de las innumerables historietas—, prosiguió con los sucesivos largometrajes: Blanca Nieves y los siete enanitos (1937), La Cenicienta (1950), Fantasía (1940), Dumbo (1941) y los otros 14 producidos por el estudio mientras estaba en vida.
Pero desarrolló también la serie de documentales que llamó Aventuras de la vida real (True-Life Adventures, 1948-1960) y en sus primeros títulos (La isla de las focas / Seal Island, de James Algar, 1948; Aves acuáticas / Water Birds, de Ben Sharpsteen, 1952; etc.), fueron cortometrajes de 30 minutos y se presentaban como agregado de los largometrajes de dibujos animados.

Después vinieron las películas de larga duración, como El desierto viviente (The Living Desert, de James Algar, 1953, 69 minutos) y Perri (de N. Paul Kenworthy y Ralph Wright, 1957, 75 minutos).
Mucho después de la muerte de Walt Disney (acaecida el 15 de diciembre de 1966) y cambiando la propiedad de la empresa, se llevó a cabo la idea de adaptar varias películas de dibujos animados a “live action” (imagen real). Yo vi en 2016 El libro de la selva (The Jungle Book, de Jon Favreau), que intentó reproducir la película animada de 1967, dirigida por Wolfgang Reitherman, y quedé profundamente decepcionado.

Tengo claro que había pasado medio siglo, pero esa no era la película que yo había disfrutado cuando adolescente y luego como padre, junto a mis hijos, y como abuelo, junto a mis nietos. Faltaba la magia de las canciones y de pensar que el oso Baloo era un dibujo que bailaba.
Definitivamente, con personajes aparentemente reales (porque eran producto del computador), la diversión no era la misma.

Con Mufasa – El Rey León, me ocurre lo mismo. Es el producto más reciente de una serie de películas inspiradas a los distintos personajes que, a final de cuentas, parecen todos iguales. Eso me ha hecho reflexionar acerca de las producciones orientales en la que muchas veces confundo a l@s distint@s personajes. Y, en este caso, es patente cuando las diversas generaciones se presentan casi al mismo tiempo (incluyo un árbol genealógico para tratar de guiar la cronología): es el Círculo de la Vida que se renueva.
El cine es magia, en este caso cibernética, con excesos de CGI, que en IMAX llegan a situaciones límite como la secuencia del terremoto. Todo un espectáculo, pero que —para mi gusto—, quitan la dulzura y atrofian la imaginación.

El león africano (The African Lion, de James Algar, 1955), está lejos de una concepción narrativa de este tipo.
Hasta aquí, en cuanto a lo estético. Desde el punto de vista ideológico, la situación es bastante delicada. La primera lección que se aprende es que no hay que confiar en nadie (presente, por lo demás, en todas las creaciones de los Estudios Disney).
Pero la segunda clava como una daga, sobre todo, en la mente infantil: “los foráneos son peligrosos y deben ser repelidos, exterminándolos si es posible”. La misma idea se expresa con la mítica tierra Milele, que trae al recuerdo el Antiguo Testamento y el actual genocidio de Gaza.

Pero no faltan los personajes positivos: el sabio mandril Rafiki y los siempre alegres Timón (suricata) y Pumba (facocero). ¿Y dónde está su secreto? En que sigo viéndolos caricaturizados como cartones de animación.
TRÁILER DEL FILM
“MUFASA – EL REY LEÓN”
Mufasa – The Lion King
Disney Studios
USA
Año: 2024
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