“TRON – ARES” — JOBLAR COMENTA ESTRENOS DE CINE

Tercera entrega de la temática Tron, con claras referencias a los riesgos de la intromisión de la inteligencia artificial en las decisiones humanas acerca del poder y del ejercicio del bien y del mal. Entretención al más alto nivel, sobre si se ve en IMAX…

 Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)

Círculo de Críticos de Arte de Chile

 

Desde el punto de vista técnico, esta película las tiene todas: IMAX, sonido Dolby, tercera dimensión, música, colores (sobre todo variantes del rojo), efectos especiales.

Cuando vi Tron (de Steven Lisberger, 1982), estaba siguiendo un curso introductivo al uso de los computadores y el profesor la recomendó como película que tocaba el tema. La vi y no entendí nada.

Algo peor me pasó con Tron: El legado (Tron-Legacy, de Joseph Kosinski, 2010), en el que reaparecía Kevin Flynn (Jeff Bridges) y Olivia Wilde era una Quora ingenua, pero buena piloto.

Esa experiencia  me trajo a la memoria dos recuerdos: 1º, cuando a los 16 años terminé de leer Peer Gynt de Henrik Ibsen, pensé que no estaba preparado aún para entenderla; y 2º, José Ricardo Morales, nuestro profesor de Historia del Arte en el Pedagógico, nos contó que una vez una señora frente a una pintura le preguntó: “Señor, ¿qué quiere decir?” Y él le respondió: “Señora, cuando yo quiero decir algo, lo digo”. Y nos agregó: “Para decir algo, tenemos la palabra”.

Después, entrando en el entonces naciente mundo de la semiótica, me percaté que la obra puede considerarse artística cuando entra en contacto —positiva o negativamente—, con el receptor. Es lo que me pasó con Tron. No “quería decir nada”, simplemente presentaba una realidad que —a través de los años—, iba a ser cada vez más cotidiana.

La literatura y el cine, por mucho tiempo, especularon que una forma de vida inteligente no humana debía venir desde el espacio extraterrestre. Ahora, en cambio, podría venir de dentro de una máquina producida por los mismos seres humanos. Y eso es Ares (nombre griego del Marte latino), un programa digital que configura Jared Leto (en realidad no lo interpreta, puesto que se trata de un actor que es siempre él mismo en el papel que le toque representar). Es el soldado perfecto, sólo que no alcanza a durar media hora y requiere de un código de permanencia creado por el mítico Kevin Flynn al que deberá encontrar.

Son dos compañías las que luchan por la hegemonía bélica: Encom, con Eve Kim (la surcoreana Greta Lee a la cabeza) y Dillinger (nombre que es todo un programa, al mando de un psicopático Evan Peters, conocido como el Maximoff de X-Men).

Representan obviamente el Bien y el Mal de manera maniqueísta. Por su parte, respondiendo a una inquietud creciente en la época actual, existe el riesgo de que la IA —omo todas las criaturas— tenga una posibilidad de libre arbitrio.

En la insuperable 2001: Odisea en el espacio (2001: A Space Odyssey, de Stanley Kubrick, 1968), muchos se sorprendieron y atemorizaron ante la probabilidad que HAL, el computador, pudiese tener sentimientos. En realidad, la máquina obedecía sólo a su programación: nada ni nadie podía impedir el cumplimiento de la misión, cuyo objetivo sólo ella conocía.

Distinto es el caso de androides capaces de tomar decisiones propias como en Compañera perfecta (Companion, de Drew Hancock, 2025), o que desarrollen sentimientos propios o inducidos como en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (Do Androids Dream of Electric Sheep?), que dio origen a Blade Runner (de Ridley Scott, 1982), o Los superjuguetes duran todo el verano de Brian Aldiss (Supertoys Last All Summer Long) que es la base de A. I. Inteligencia artificial (A. I. Artificial Intelligence, de Steven Spielberg, 2001).

El temor de generar inteligencias artificiales incontrolables ya no es ficción, sino noticia. De allí que Tron – Ares tenga sabor a una posibilidad inminente. Ares se declara “sacrificable al 100 por ciento”, pero ante la imagen holística de Flynn reconocerá que en él se desarrolla una extraña sensación, que equivale a lo que los humanos dan el nombre de sentimiento.

En cambio, su colega Athena (Jodie Turner-Smith, de origen afro-jamaicana) sigue el camino de la ciega obediencia y se transforma en su enemiga. En su momento, declarará —al igual que Adolf Eichmann en el juicio en su contra—, “¡eran mis órdenes!”.

Recuerdo que para Hannah Arendt ésa es “la banalidad del mal”. Sólo que se supone que éste es un programa sin alma. Como para pensarlo.

El escritor ruso Isaac Asimov, en su relato Círculo vicioso (Runaround, 1942), expuso tres leyes para los robots diseñados para obedecer órdenes: 1ª – Un robot no hará daño a un ser humano, ni por inacción permitirá que un ser humano sufra daño; 2ª – Un robot debe cumplir las órdenes dadas por los seres humanos, a excepción de aquellas que entren en conflicto con la primera ley; y 3ª – Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o con la segunda ley.

Tengo claro que éstos no son robots, sino programas. Pero, ¿sería posible que la IA pueda llegar a ser una fuerza a favor del bien contra el mal que representa la inteligencia humana? ¿Cuál sería el riesgo? Éstas y otras preguntas no son gratuitas ni chuscas.

La dirección de la película está a cargo del noruego Joachim Rønnig (Los Piratas del Caribe: La venganza de Salazar / Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales, 2017), y Maléfica / Maleficent: Mistress of Evil, 2018) y —gracias al montaje y a la música ensordecedora—, la acción fluye con la velocidad de las ya conocidas motocicletas.

Un bonus track anuncia que el enfrentamiento no ha terminado. 

TRÁILER DEL FILM:
“Tron-Ares”
 

 ron: Ares
USA
Año: 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

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