Producción noruega, que sigue el estilo de Ingmar Bergman, pero filtrada por la perspicacia de Woody Allen. Cinematografía al más alto nivel…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile
La película empieza con dos señeras secuencias: la descripción de una casa de estilo escandinavo tradicional en las afueras de Oslo y la crisis de pánico de una actriz antes de salir a escena.
En la primera, la habitación es presentada como un útero materno en el que la persona vive protegida incluso toda su vida temiendo el trauma del nacimiento. En la segunda, Nora (como la protagonista de Casa de muñecas, de Ibsen), se refugia en el baño del teatro para no salir al escenario a interpretar su rol, en el drama La gaviota, de Anton Chejov, conocido por sus referencias de “teatro en el teatro” y —más precisamente—, al Hamlet, de Shakespeare.

Nora (Renate Reinsve), soltera y amante de un hombre casado, y su hermana Agnes (Inga Ibsdotter Lilleas), casada y con un hijo, están sobrellevando el luto por la muerte de su madre. Reaparece, en ese momento, después de mucho tiempo, Gustav (Stellan Skarsgård), padre de ambas, quien las abandonó cuando aún eran niñas.
Él es un conocido cineasta, que hace 15 años que no dirige una película y que ha preparado un guión para que lo interprete Nora. En un gélido encuentro, ella se niega incluso a leerlo. Las heridas de la separación nunca han cicatrizado.

Gustav parte al Festival de Cine de Deauville, en el que se proyecta una de sus primeras obras, que protagonizó la pequeña Agnes. La famosa actriz Rachel Kamp (Elle Fanning) se conmueve de tal manera con la proyección, que desea interpretar la película de transparentes tintas autobiográficas.
Mientras tanto, hay una serie de flashbacks y de cortes a negro, que aumentan la tensión y la angustia. Gracias a ellos y por las investigaciones de Agnes, l@s espectador@s se enteran que Karin Ingers, la propietaria de la casa, fue miembro de la resistencia noruega durante la Segunda Guerra Mundial y, después de ser torturada por los colaboracionistas nazis, se casó, tuvo a Gustav y se suicidó en 1958, cuando éste tenía siete años.
La casa pasó a Edith, hermana de ésta, y de ella Gustav la heredó, convirtiéndose en director de cine. En 1986, se trasladó allí con su esposa Sissel (psicoterapeuta que lo había tratado por insomnio), y allí nacieron Nora y Agnes, a quienes abandonó para seguir su carrera.
Me detengo aquí porque la película hay que verla. Como siempre, prefiero examinar la transtextualidad, que —en este caso—, es evidente.
Ingmar Bergman es el mentor con una cita directa a Persona (1966), cuando la actriz de Hollywood se tiñe el pelo para parecerse a Nora. Pero están también las referencias al amor fraternal de Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1983), y el no-sentido de la vida de Fresas Salvajes (Smultronstället, 1957).
Confieso que, en sus silencios, varias veces Stellan Skarsgård me recordó a su gran compatriota Victor Sjöström, que en esa película también lleva el apellido Borg.
Pero hay un elemento más importante: el Bergman de Joachim Trier pasa a través de Woody Allen. El judío neoyorkino se ha declarado un gran admirador del realizador sueco y no ha tenido problemas de homenajearlo en La última noche, de Boris Grushenko (Love and Death, 1975), citando El séptimo sello (Det Sjunde Inseglet, 1957).
Pero ha ido más allá: Interiores (Interiors, 1978), con sus tres hermanas (como las de Chejov), es bergmaniana de principio a fin; escuchar las discusiones y consultas a través de la instalación de la estufa parece copiado de La otra mujer (Another Woman, 1988). Pero se siente también el toque de Federico Fellini —que Allen siguió en Recuerdos (Stardust Memories, 1980)—, con la aparición de la actriz (que no es una sueca voluptuosa como la Anita Ekberg de La dolce vita, 1960, sino una yankee en ambiente escandinavo) y, sobre todo, en la secuencia de la playa que toma también del surrealismo de Julieta de los espíritus (Giulietta degli spiriti, 1965).
Queda claro que, para un cinéfilo, es una obra que se lee con un background fuertemente connotado. Del mismo modo, para interpretar a un personaje se requieren vivencias y es lo que entiende Rachel Kamp cuando intenta repetir un monólogo traducido al inglés, que de partida no tiene la misma fuerza que la lengua original. Para ser otro es necesario haber vivido y l@s que han vivido se sentirán reflejados en el personaje.

El texto del guión es un verdadero MacGuffin digno de Hitchcock: cuentan más las lágrimas que provoca que conocerlo en su globalidad.
Y un último detalle que no es menor: la estrella norteamericana representa una posibilidad de financiamiento, puesto que representa al mundo de las plataformas, que está desplazando al cine de la pantalla grande. Pero éste sigue resistiendo los embates con buenas obras gracias al juicio de valor, que supera al juicio de realidad.
TRÁILER DEL FILM:
“Valor Sentimental”
Affeksjonsverdi / Sentimental Value
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Año: 2025
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