“LA GRACIA” — JOBLAR COMENTA ESTRENOS DE CINE

La soledad de un Presidente de la República Italiana se presenta como el ocaso de una existencia que, sin duda, trascenderá, pero que se siente vacía de contenidos afectivos. Un tirano sanguinario siempre estará prisionero de sus malas acciones; el jurista que sólo ha intentado aplicar la ley puede haber sido injusto consigo mismo. ¡Muy buen cine!…

 Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)

Círculo de Críticos de Arte de Chile

 

He conocido algunos presidentes de la República Italiana: Giuseppe Saragat, Giovanni Leone, Sandro Pertini, Francesco Cossiga, Oscar Luigi Scalfaro, Carlo Azeglio Ciampi. Incluso, estreché la mano del Onorevole Leone cuando pronuncié mi discurso de saludo en nombre del continente americano en la Università Italiana per Stranieri di Perugia hace tantos años.

Más que mostrar una vez más mi megalomanía y mi tendencia a ser un “name dropper” (Tito Mundt siempre decía: “¡Yo lo conocí!”), quiero dejar en claro que algo que creo haber conocido es la figura del Jefe de Estado de la República Italiana y que creo que Paolo Sorrentino (Napoli, 1970), ha sabido retratarla a la perfección: un hombre de alto nivel intelectual, un académico respetable, un político conciliador, un laico respetuoso de la autoridad católica apostólica romana.

Toni Servillo (Afragola, Napoli, 1959), ha ya protagonizado más de 50 películas, siete de ellas bajo la dirección de Sorrentino (L’uomo in più, 2001; Le conseguenze dell’amore, 2004; Il divo, 2018; La grande bellezza , 2013; È stata la mano di Dio, 2021; Parthenope, 2024; La grazia, 2025) y ha interpretado a personajes históricos como Silvio Berlusconi, Giulio Andreotti, Luigi Pirandello y  Eduardo Scarpetta. Como el gran actor que es, deja de ser Servillo para transformarse en la figura que está representando.

Mario De Santis no existe como tal, pero representa perfectamente al tipo que me recuerda a los presidentes que ya he señalado. Quedó viudo desde hace ocho años de su esposa Aurora y no ha podido superarlo, sobre todo porque tiene la certeza de que ella alguna vez lo engañó.

A falta de Primera Dama está su hija Dorotea (jurista como él), del mismo modo como ocurrió con los también viudos Saragat, Scalfaro y Mattarella. Mantiene una estrecha amistad con una antigua amiga que no tiene inhibiciones ni tapujos, pero –—fuera de ella o de algun@s invitad@s de protocolo—, es una persona muy solitaria y su hija se encarga de controlarle una alimentación sana. En esos extensos pasillos y enormes salones amoblados, pero vacíos, la única compañía es su guardia personal (los “corazzieri” de 1,90 m), y los que traen documentos para firmar.

Algunos ritos ceremoniales resultan grotescos como película slapstick: basta como ejemplo la llegada del anciano Jefe de Estado de Portugal que no puede ser ayudado mientras la lluvia lo empapa y el viento le impide avanzar. Puede seguir las noticias en directo en una pantalla panorámica (por ejemplo, la del astronauta), pero sin compañía alguna. Su hijo músico (pero no clásico), vive en Montreal, Canadá.

De Santis está en su “semestre bianco”, o sea, los últimos seis meses antes de dejar el cargo. Sabe que está al final del trayecto a pesar de que, por el hecho de haber sido Presidente de la República, se transformará en senador vitalicio. En la hora del balance consuntivo, descubre que su forma de ser le ha forjado el sobrenombre de “cemento armado” y que su Tratado de Derecho Penal es conocido como “el K3”.

Tiene dos asuntos que resolver en esta hora crepuscular y ambos significan decidir acerca del futuro de otras personas.

El primero tiene que ver con firmar o no la ley sobre el derecho a la eutanasia; esto es, conceder la posibilidad de terminar con una vida sin consecuencias penales. Para un cristiano va contra el principio del derecho a la vida, que no está previsto en otras religiones. ¿Y si un amado caballo de la escudería presidencial estuviera en dolorosa agonía?

El segundo consiste en decidir acerca de dos solicitudes de gracia (grazia, en italiano), que viene a ser sinónimo de indulto particular. Y, como se trata de una decisión propia de un monarca absoluto, depende de su conciencia.

Como el tema está siempre de actualidad aquí en Chile, no está demás recordar cuánto explicaba nuestro profesor de Derecho Constitucional, don Carlos Andrade Geywitz: la amnistía borra el delito como si nunca hubiera ocurrido (es colectiva y legislativa), mientras que el indulto perdona o conmuta la pena sin eliminar la culpabilidad (es individual y ejecutivo).

En Italia, no rige la pena de muerte, así es que la gracia equivale a la libertad.

Isa Rocca, harta de ser maltratada por su marido, lo apuñaló hasta matarlo mientras dormía; Cristiano Arpa, querido por toda su comunidad, quitó la vida a su esposa enferma de Alzheimer.

El spoiler no sirve para nada, como tampoco sirve para nada plantearse si la figura de Alicia, la mujer de Mariano, que camina por los bosques, es un flashback o una alucinación. Lo que importa es que el Presidente debe decidir —como un hombre que agoniza—, acerca de las vidas ajenas, lo que implica ser el Jehová de los judíos.

Y el vicario de Cristo, que es africano y se desplaza en scooter, literalmente pontifica: “El pasado es un peso, el futuro un vacío”.

No creo que Sorrentino pretenda dibujar una jocosa caricatura, porque no está en su estilo. Su amarga sonrisa napolitana transfiere toda la melancolía que se transparenta de un mundo falso que no encuentra una lógica cuando existe un enfrentamiento con la condición humana. De hecho, De Santis me recuerda también al sardo Francesco Cossiga, que cargó siempre con no haber salvado —cuando era ministro del Interior—, a Aldo Moro, y que renunció antes de terminar su período. 

TRÁILER DEL FILM:
“La Gracia”

La grazia
Italia
Año: 2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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