De las cuatro versiones que he visto de la obra de Homero, ésta es, sin duda, la mejor. Trataré de demostrarlo en poco espacio, pero será difícil. En tanto, concluyo que el cine es diversión y, en este caso, una de las bellas artes en sentido absoluto…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile

Precedida por una contrapropaganda que olía a complot, esta nueva versión de La Odisea se estrenó con todo tipo de prejuicios —positivos y negativos—, y creo que ha dejado satisfechos tanto a prosélitos como a detractores. Yo pertenezco al primer grupo, y me sería fácil dar una opinión sólo desde el punto de vista estético, pero —¡ay, de mí!—, tratar de ser filólogo es un compromiso que va más allá de crónica circunstancial o de cumplir con el deber.
El esfuerzo de Christopher Nolan bien vale un compromiso crítico que —por ningún motivo—, debe tampoco exceder en el ensayo académico. Por lo demás, para eso, tengo otros medios a disposición.
Empiezo por dejar en claro que La Odisea es una obra poética y no un texto erudito de historia. Fue compuesta entre los años 850 y 750 a.C., en la antigua Grecia, para ser cantada por rapsodas itinerantes (recibe el respectivo homenaje de Travis Scott, que interpreta la música del sueco Ludwig Göransson), y se le dio forma escrita por orden del tirano Pisístrato en la Atenas del siglo VI a.C. La razón fue de tipo práctico: regular la métrica de los hexámetros dactílicos para las lectura públicas. Recién entre los siglos III y II a.C. filólogos de la Biblioteca de Alejandría (como Zenódoto de Éfeso y Aristarco de Samotracia), constituyeron una “edición crítica” de amplia validez: ahí también se dividió en los 24 cantos con que se presenta en la actualidad.

Los alumnos del Pedagógico de la Universidad de Chile consultábamos la “Teubneriana”, por cuidado de Peter von der Mühll, publicada en 1962. Después ha habido varias otras y, sobre todo, traducciones.
Nolan se sirve de la de Emily Wilson, de la Universidad de Pensylvania. Leer y analizar esos 12.109 versos es una tarea que requiere de años de estudio, que incluyen revisión del aparato crítico y las varias interpretaciones. Así es que no me vengan los “sabelotodo” y las “marisabidillas” a emitir opiniones sin conocimiento de causa.
Desde un punto de vista semiótico —que es el que me gusta utilizar en mis críticas—, la obra de arte (literaria, en este caso), funciona cuando hace contacto con un receptor: en ese momento, surgen las claves interpretativas.
Nolan nos da las suyas y, ahora, hay que buscar las del público.
En mi caso, he visto cuatro versiones de La Odisea, y ésta es, sin duda, la mejor.

La de Mario Camerini (1954), es pura aventura de matinée y así me pareció al verla cuando niño: Ulises era el “jovencito” invencible al que le pasaban cosas en 117 minutos, me impresionó también Polifemo y que mi papá se supiera el argumento como si ya hubiese visto la película.
Allí me enteré que estaba basada en un libro muy conocido y que a él se refería el canto de las sirenas que había leído en “Sapolín, el niño rana”, de Themo Lobos, en “El Peneca”.
Kirk Douglas era un actor ya muy conocido en Veinte mil leguas de viaje submarino (20.000 Leagues Under the Sea, de Richard Fleischer, 1954), y convencía como héroe, pero ahora no porque —al buscar una mayor afinidad con la antropología física que tanto exigen algunos—, su cuerpo no tiene una contextura balcánica, sino semita (no por nada, su verdadero nombre era Issur Herschelevitch Danielovitch y sus padres eran emigrantes judíos rusos).
Y aprovecho el momento para referirme al rechazo que provocó la elección de Lupita Nyong’o —actriz keniana nacida en México en 1983—, para interpretar a Helena y su hermana gemela Clitemnestra. ¿Cómo era posible que la mujer más bella del mundo fuera de raza negra? Pero yo contrapregunto: ¿Y quién dijo que era la mujer más bella del mundo? La respuesta que encontré es que Eurípides escribió: “Helena, la más bella de todas las que existen”, en un coro de su Hécuba (424 a.C.) y hay alguna referencia en Las troyanas (415 a.C.).

En La Ilíada, los ancianos troyanos al verla desde lejos exclamaban: “No es reprensible que troyanos y aqueos, de hermosas armaduras, sufran prolijos males por una mujer como ésta, cuyo rostro tanto se parece al de las diosas inmortales” (III, 156).
La versión cinematográfica de 1956 de Helena de Troya, dirigida por Robert Wise, impuso la imagen de la lígure Rossana Podestà, que había nacido en Zliten, Murqub (Libia), en 1934, donde su padre trabajaba en proyectos de carreteras para esa colonia italiana. Después, se casaría con el actor, director, guionista y productor de cine, Marco Vicario.
Los poemas atribuidos a Homero nunca describen físicamente a Helena. En La Ilíada III, 121, sólo se le califica como leukolénō, que puede significar “de brazos blancos” (leukós = ‘blanco’ y ōlénē = ‘antebrazo, codo’), pero también “pálidos, brillantes, luminosos, relucientes, claros”. Este epíteto se refiere a una persona (mujer, en este caso) de la aristocracia que no realiza trabajos físicos bajo el sol y que está resguardada en el interior de los palacios para evitar que su piel se broncee.
Visto desde ese ángulo, no importa el color de la piel de Helena, sino que no se exponga al sol, puesto que ello denota su estatus de riqueza y ocio, la belleza y la pureza propia de las divinidades (como Hera), o de las mujeres de la nobleza (como Andrómaca).

Por otro lado, cuando en Odisea XV, 59, se refiere a Helénēs pára kallikómoio (‘Helena, la de bellos cabellos’), no especifica el color de los mismos.
Para ser exactos, en la evaluación estética de los griegos, la belleza no era un hecho físico, sino una manifestación de lo sacro, que es a la vez divino e inalcanzable. No hay que olvidar que —según el mito—, Helena era hija de Zeus que, convertido en cisne, había fecundado a su madre Leda. Su hermana gemela, Clitemnestra, que también interpreta Lupita Nyong’o, era hija de Tíndaro, esposo de Leda, y era mortal. En la película, aparece como un fantasma durante la secuencia de la Nekyia (el descenso al Inframundo); en el texto homérico es Agamenón que describe el episodio de la traición de su esposa (XI, 427-434).
De manera especular, Clitemnestra representa la rabia que provocan los estragos de la guerra a partir de la disgregación del hogar por el abandono de 10 años por parte del esposo, además del sacrificio de su hija Ifigenia.
Helena, en cambio, es —por decisión de Afrodita—, el objeto del deseo que provocó el enfrentamiento bélico. Ambas mujeres son víctimas de la ambición de los reyes de aqueos.
Pero Nolan, subrepticiamente, introduce otro efecto especular: el de Clitemnestra con Penélope, que en esta Odisea está interpretada magistralmente por Anne Hathaway. Mientras la esposa de Odiseo eligió la resistencia y la lealtad inquebrantable, conteniendo sola por medio del ingenio y la diplomacia a los procios (pretendientes), durante 20 años, Clitemnestra es adúltera y maritricida.

En cuanto a Helena, debo agregar un detalle importantísimo. Cuando Telémaco visita Esparta, ella —esposa de Menelao—, le regala un magnífico peplo tejido por sus propias manos y el texto precisa: “A su lado se colocó Helena, la de bellas mejillas” (‘Eléne kallipáreos, XV, 123).
Pero Nolan destaca una cicatriz en su rostro, que muestra a la mujer no como un trofeo de guerra, sino como una víctima de la violencia durante y después del largo enfrentamiento bélico.
Antes de volver a Odiseo y a otros personajes, agrego una reflexión más acerca de la presencia afro en este film. Quiero recordar que, en la versión de Andrei Konchalovsky (1997), Calypso era Vanessa Williams, la primera afro que ganó el Premio Miss America. ¿Por qué no hubo escándalo? ¿Porque representa a una ninfa lujuriosa? ¿Y por qué no hay problema que en la película de Nolan la interprete la bisexual Charlize Theron, que padece de trastorno obsesivo-compulsivo (TOC)?
Siempre se ha pensado que la Reina de Saba, cuyo reino abarcaba zonas del sur de la Península Arábiga y del Cuerno de África, era de raza negra pero, en la película Salomón y la Reina de Saba (Solomon and Sheba, de King Vidor, 1959), la interpretó Gina Lollobrigida, con tanto de cintura y ombligo al aire. Anne Baxter, Nina Foch, Judith Anderson fueron egipcias en Los diez mandamientos (The Ten Commandments, de Cecil B. de Mille, 1954).
Debra Paget fue egipcia, apache, cheyenne, sioux, india y polinésica.
Viendo al protagonista, para mí el Odiseo (o Ulises). más creíble ha sido Bekim Fehmiu (bosníaco; con padres de Kosovo), que participó en la serie televisiva de 446 minutos divididos en 8 episodios, producida en 1968 por Italia, Francia, Alemania y Yugoslavia, y dirigida por Franco Rossi, con la asistencia de Piero Schivazappa y Mario Bava.
Calipso era la sudafricana Kyra Bester, Helena estuvo a cargo de Scilla Gabel (ad saeculum Gianfranca Gabellini), que algunos consideraron alguna vez como la sucesora de Sophia Loren. Pero —¡distancia y categoría!—, Penélope fue la mismísima Irene Papas.
En cuanto a Matt Damon, es mucho más que un “jovencito” y lo ha demostrado sobre todo con sus primeras películas: En busca del destino (Good Will Hunting, de Gus Van Sant, 1997), donde se luce junto a Robin Williams, y El poder de la justicia (The Rainmaker, de Francis Ford Coppola, 1997).
Después vinieron Rescatando al soldado Ryan (Saving Private Ryan, de Steven Spielberg, 1998), y las franquicias de Jason Bourne (a partir de 2002) y películas como El buen pastor (The Good Shepherd, de Robert DeNiro, 2006).
El actor bostoniano (con ascendencia inglesa-escocesa por parte de padre y finlandesa-sueca por parte de madre), está genéticamente “capacitado” para ser un héroe paneuropeo, pero además —al igual que el Oppenheimer, de Cillian Murphy—, es capaz de desarrollar un personaje que va evolucionando en la medida que pasa el tiempo. De héroe “astuto” e invencible, su actitud cambia después del episodio del Caballo de Madera: la permanencia al interior es insufriblemente real y se siente el hedor y el riesgo; después, la matanza espantosa, sin reglas ni piedades; el ingreso de Agamenón (Benny Safdie), por la puerta de la ciudad asemeja al de un robot invencible. Me hizo recordar los versos de Pablo Neruda, cuando recuerda al saqueador de México: “Cortés no tiene pueblo, es rayo frío, / corazón muerto en la armadura” (Canto General IV, 1-2).
Su inacabable viaje de regreso se refleja en el desgaste de su cuerpo y de su actitud. Ya no domina la metis (el engaño) para alcanzar la victoria, como lo consiguió en el caso de Polifemo. Los diez años de vagabundeo ya no son un castigo divino, sino la redención por todos los horrores desatados en el conflicto que duró una década. No volverá a su hogar como héroe triunfante, sino que disfrazado de mendigo y preparado para efectuar una masacre tan execrable como aquéllas que ya antes ha ejecutado.
Entre paréntesis, alguien podría calificar esa secuencia como copia de película asiática de artes marciales. ¡Pero no! Tiene una coreografía que es extenuante y dolorosa: además, se siente como una venganza necesaria para reparar los agravios cometidos contra Penélope.
Robert Pattinson está perfecto como el avieso Antínoo, que interpretó Anthony Quinn en 1954.
El estilo de Christopher Nolan se advierte como en todas sus creaciones y, me imagino, en particular es advertido por aquéllos que nunca han leído o tenido informaciones acerca de La Odisea.
De partida, los dioses no intervienen directamente en la acción: Zeus está presente en las tormentas de rayos y en la xenía (ley de la hospitalidad, que es causa de ajustes y desajustes); Poseidón está en las tempestades y terremotos como fuerza brutal de la naturaleza. En cuanto a la figura de Atenea, me atrevo a decir que parece una especie de Pepe Grillo y la afrodescendiente, Zendaya, padece de un perenne rictus de podobromhidrosis.
En segundo lugar, como concentra todas las aventuras en menos de tres horas, elimina varios episodios que otros directores habían considerado, en particular el de los feacios y Nausicaa, el de Éolo y su descendencia, el de los lotófagos (puesto que el loto se lo suministra Calypso, que no parece una secuestradora carnal, sino una psicoterapeuta conyugal).
Y, a propósito de esto último, Nolan efectúa varios cambios. Circe no es una maga bella y seductora, (como Silvana Mangano, que también interpreta a Penélope en 1954), sino una casi cincuentona Samantha Morton más interesada en vengarse de los hombres y transformarlos en lo que son: cerdos. Los lestrigones no son antropófagos, sino guerreros de lata gigantescos que causan estragos en los hombres y las naves de Odiseo.
Polifemo es el protagonista de un intermedio gore, en el que la violencia homicida sólo puede ser neutralizada: la xenía resulta transgredida por ambas partes. Las Sirenas son un fenómeno acústico provocado por los roqueríos y las corrientes de aire, que llevan al hombre a escuchar lo que éste más anhela. Una explicación de ese tipo ya la había sugerido Félix Gajardo Maldonado —autor de Colón en la ruta de fenicios y cartagineses, publicado en 1992 por la Sociedad Chilena de Historia y Geografía—, con el que tuve la suerte de conversar en diversas oportunidades.
Finalmente —por ahora—, está Telémaco, que protagoniza su propia Telemaquia y que busca al padre construido mentalmente como recuerdo, porque ha estado ausente en toda su infancia y adolescencia. Lo interpreta correctamente Tom Holland, como un joven que comprende su inferioridad física para enfrentarse a los acosadores de su madre y el riesgo que corre por ser el heredero de Ítaca.
Por otro lado, está consciente que ése es un legado deletéreo y manchado de traición, debido a que deja tras suyo centenares de víctimas inocentes, como asimismo enemigos y aliados muertos por su culpa.
Christopher Nolan ha asumido al personaje mítico con la misma perspectiva de sus otras producciones: Batman (El caballero de la noche) se aparta de la sociedad para hacer justicia; Oppenheimer, con la bomba atómica cambia la historia como Odiseo lo hace con el Caballo; Leonard (Memento), trata de recuperar la memoria para vengarse; en un espectáculo pletórico de seres humanos que huyen (Dunkerque) se concientiza que los verdaderos enemigos son el destino inexorable y la muerte; para existir es necesario un antagonista especular (El gran truco; Insomnio; Incepction:Origen).
No quiero olvidar el nexo que estableció James Joyce con Homero. Su novela Ulises (1922), construida sobre la base del flujo permanente de la conciencia, sigue el viaje cotidiano de un antihéroe llamado Leopoldo Bloom, hijo de un emigrante judío, que va errabundo por Dublin y que es encontrado por su Telémaco, esto es Stephen Dedalus “el artista adolescente”.
Para ambos, es un día cualquiera, que debe concluirse con el regreso a casa; en el caso de Bloom es esperado por su Penélope (Molly) que monologa en el lecho en el que —eufemísticamente—, ha pernoctado otro hombre.
Ese viaje de ida y regreso está repleto de obstáculos y monstruos, que son las frustraciones y los recuerdos.

También un genio como Stanley Kubrick se sirvió de esa bitácora en su Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, 1999). Aunque está basada en la novela Relato soñado (Traumnovelle, de Arthur Schnitzler 1925), la rutina nocturna de William Harford tiene equivalentes en los principales capítulos de la Odisea homérica.
Advertí que éste sería un compromiso crítico y no un ensayo. Creo que cumplí con mi cometido a pesar de dejar fuera aspectos como el montaje, que va constantemente del flashback al flashforward y viceversa, que cambia contemporáneamente de un escenario a otro y no da treguas mínimas entre un tiempo de movimiento y uno de reposo. Además, está la maravilla del IMAX que, con su cinta de 70 mm y relación de aspecto que puede ser de 1.43:1 o 1.90:1, utiliza pantallas de 18 por 24 metros. Además, su proyección horizontal logra una imagen más ancha que el ancho de la película y tiene 12 canales auditivos frontales, laterales, traseros con algunos situados en el cielo raso para lograr una tridimensionalidad y precisión espacial inmersiva.
El cine es diversión y, en este caso, una de las bellas artes en sentido absoluto.
TRÁILER DEL FILM:
“LA ODISEA”
The Odyssey
USA
Reino Unido
Año: 2026
JOBLAR EN
“RADIO UNIVERSIDAD DE CHILE”
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