“AMORES CONTRARIADOS”: AMENO LIBRO DE CUENTOS DE GUSTAVO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ

El lenguaje utilizado en todos los textos narrativos es coloquial y no cae en la jerga ni en excesos dialectales…

 Por José Blanco Jiménez

Circolo Lingüístico Fiorentino

 

Nos conocemos con Gustavo desde hace más de 64 años. En efecto, fuimos compañeros en el 4º Año C de Humanidades, en el Liceo Nº 7 de Hombres de Ñuñoa “José Toribio Medina”. Y competíamos —sin quererlo y con profundo respeto mutuo—, por ser el mejor alumno de Castellano.

Y así seguimos hasta 6º Humanidades, pero por poco tiempo, ya que volvimos a encontrarnos en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile y allí, entre los más de 100 alumnos del curso que se autodenominaría “Los Planetarios” en homenaje a Mario Planet, la competencia ya no existía ni siquiera por el hecho de tener distintas perspectivas políticas.

Además, seguíamos reuniéndonos una vez al año (el 22 de octubre, para ser más precisos), con nuestro antiguo profesor jefe, don Mario Salas Santibáñez.

La verdadera separación se produjo cuando gané mi beca del gobierno italiano y me fui a perfeccionar mi título de Profesor de Estado, para el que había estudiado paralelamente con la carrera de Periodismo.

Seguí escribiendo desde Europa y me publicaron en la antigua revista “Ercilla”, de la que era subdirector Abraham Santibáñez.

Proseguí también mi labor de crítico cinematográfico en medida reducida, pero ampliando mi background viendo obras de directores italianos, franceses, japoneses y suecos, que aquí en Chile o no se habían estrenado o estuvieron una semana en cartelera, o simplemente eran para “mayores de 21 años”.

En Italia me sorprendió (pero no tanto, porque desde hacía tiempo había periodistas italianos que estaban destinados aquí para reportearlo), el golpe de Estado en Chile, que cambiaría nuestras vidas. Al volver a nuestro país, no tuve noticias de Gustavo, lo que tenía preocupados a todos sus compañeros liceanos y compañer@s universitari@s.

ACTIVIDADES PARALELAS

Pero al fin nos encontramos y continuamos con nuestras actividades paralelas, publicando él sobre temas periodísticos de actualidad y yo sobre cinematografía, junto a ensayos de filología, cosechando frutos de mis doctorados e investigaciones obtenidos en Italia.

Fue en este siglo XXI que Gustavo volvió a la narrativa. Y no ya con los temas rurales que le conocí en el liceo, como el heredero del fundo que descubría por qué un inquilino ocupaba una parcela sin un documento de propiedad.

Ahora sus temas eran urbanos y pasó de narrador extradiegético (omnisciente), a narrador intradiegético (protagonista).

En la recopilación “Amores contrariados”, hay un solo relato extradiegético y es “La mujer que está en mi lecho”, en el que —a partir de una canción de Serge Reggiani (de 1966)—, se describe la transición de los tiempos “solamente de buenos presagios” a los de la desilusión y el quiebre de la vida de pareja. Es una historia conocida, pero narrada en sus justos límites, sin exageraciones ni excesos.

Una carta de nueve páginas que nunca se despachó, porque en realidad fue escrita para el mismo protagonista; una ex esposa que le aseguró que lo seguía queriendo, pero que le pedía que no la amarrara a su recuerdo; una hija que engendró, pero de la cual nunca fue padre.

Ilusiones perdidas, desarraigo, existencia vacía. Todo en unas pocas carillas: no es necesario leer la carta para conocer su contenido.

Donde se ve de inmediato la agudeza y capacidad de síntesis de Gustavo en su calidad de intradiegético es en la narrativa de recuerdos.

Es aquí donde noto de inmediato la influencia del que yo considero el autor fundamental de la literatura moderna: Edgar Allan Poe. Y no se trata de la temática, sino del estilo que él mismo definió en su ensayo “Filosofía de la composición” (1846), en el que pone énfasis en el “efecto” y la claridad del desenlace. De hecho, escribió una sola novela (incompleta) que tituló “Las aventuras de Arthur Gordon Pym” (1838), porque una narración prolongada no permitía mantener un crescendo de la acción y, con ello, se adelantó al modelo del guión cinenatográfico.

NARRATIVA DE GUSTAVO

Y hay otro discípulo de Poe que se transparenta en la narrativa de Gustavo: Jorge Luis Borges. No es casualidad que el primer párrafo de “Estelita Potolindo” siga la misma pauta de “El Aleph”.

Además, la aludida en el título tiene el nombre de una canción de Leo Dan; en cambio, el epíteto es un chilenismo por “bonita cola”. Trata de exiliados latinoamericanos en Ecuador, donde los días transcurren perezosos y estériles, apoyados en ayudas materiales partidistas.

De todos los cuentos, es casi el único en que el protagonista tiene un nombre: Aníbal (teofórico fenicio que significa “que tiene la gracia de Baal”), y el de su pareja, Consuelo, que constituye un programa que resulta indiscutible.

Sólo la caleopígica Estelita parece tener una visión clara del horaciano carpe diem: “- No, Aníbal, fue demasiado bello para convertirlo en rutina. Repetirlo terminaría dañando el recuerdo”.

Tengo patente que – cuando leímos en clase “Funes el memorioso”, y tuvimos que escribir una opinión, traté mal ese cuento, porque para mí no era un cuento. En mi inmadurez intelectual, buscaba que me contaran una historia y no la descripción de un hombre que, debido a su perenne insomnio, no podía realizar abstracciones. Años más tarde no me fascinó sólo ese relato, sino en particular “La biblioteca de Babel”, que también Gustavo recuerda sin citarlo en “Las mil formas de leerla”, que para mí es el mejor cuento de su libro.

El mismo narrador intradiegético reconoce: “Soy tenaz, empecinado y perseverante, condiciones que se anulan con mi timidez”.

Ve a una joven que lee un libro en el Metro, contrariamente al “ganado de celulares que empujan en la aglomeración de los pasillos”, y se decide a volver a encontrarla.

Por eso vuelve al Metro y empieza a buscarla en lugares donde hay libros, como el Bibliometro o las bibliotecas. Como no la encuentra, la metamorfosea como Odette de Crécy de Proust, como la Maga de Cortázar, como la Lena de Faulkner.

Él mismo se metamorfosea en un viejo perro sabueso. Señala que “ella comenzaba a transformarse para mí en un libro, o si se quiere, los libros a transformarse en ella. No es un juego de palabras, sino de confusiones generadas por la obsesión”. Llega a engendrar un mise en abyme con el formato de un esbozo de narración y su estilo expresivo se tiñe de Luis Buñuel, Federico Fellini y Alain Resnais (que se apoya, a su vez, en Alain Robbe-Grillet).

La sensación de leer a James Joyce, que relata las vicisitudes de un Stephen Dedalus chileno en “Andares” es impagable, como asimismo las de un Woody Allen que pretende a una Annie Hall llamada Soledad, en “Tanta soledad sin Soledad” o el fugaz encuentro a lo Blow Up con la “Dueña de la hermosura”.

Todas esas lecturas ocurren en pretérito, menos una: “Road Movie”, que está escrita en riguroso presente, como libreto de pódcast.

Me faltan dos prosas para concluir. “Una de vaqueros” constituye un “divertimento” para los fanáticos de los westerns y aquéllos que esperan que la inteligencia artificial les produzca films con actores ya fallecidos.

Se supone que Jeremy, el “jovencito”, podría ser un actor del pasado como Kurt Russell y su amigo Billy (¿The Kid?), Audie Murphy, que no era actor pero que cumple con los requisitos.

El tahúr, obviamente, sería James Garner. Tony Robertson podría ser Rory Calhoun y las damas son inmediatamente identificables: Maureen O’Hara es, la irlandesa pelirroja, y Debra Paget es Samantha, la viuda joven, morena, de ojos verdes.

Se menciona a Marcial Lafuente Estefanía para ubicarnos en el siglo XX y el tren que va a Yuma es el de las 3:10.

Un dato importante: los forajidos mexicanos son Pedro, Juan y Diego (que son categorizables con Fulano, Zutano y Mengano), y uno de ellos grita: “¡Órale, corra, no sea pendejo!”, y una nota advierte que está “en español en el original”. ¿Qué más se puede pedir?

LA GUINDA DE LA TORTA

Pero la guinda de la torta es don Gruñón, don Viudo y doña Dulzura, que recoge todo el criollismo de Mariano Latorre, Manuel Rojas y Oscar Castro, con un hecho de crónica roja, que se presenta como recuerdo de un niño. Para mí éste es el Gustavo González liceano que, narrador homodiegético, es un testigo como el mensajero que trae las malas noticias a Job en el “Antiguo Testamento” o el Ismael sobreviviente de “Moby Dick”.

Para finalizar, me interesa dejar en claro que el lenguaje utilizado en todos los textos narrativos es coloquial y no cae en la jerga ni en excesos dialectales.

¡Y gracias por darme a conocer el Museo de Latacunga! Ahora sé dónde puedo encontrar la cacha de la espada, la perilla del catre y el cahuín de la paloma…