Un encuentro de dos generaciones, en el que las fotografías conservan el recuerdo y auguran la contingencia futura…
Por José Blanco Jiménez
(JOBLAR)
Círculo de Críticos de Arte de Chile

Recuerdo cuando aprendí fotografía, como estudiante en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile. El profesor, Domingo Ulloa, y su equipo de ayudantes, unían la teoría con la práctica y pronto tuvimos que trabajar en el laboratorio revelando negativos y realizando copias en papel.
Era realmente mágico ver cómo la superficie blanca empezaba a cubrirse con trazos negros y la pequeña imagen del celuloide se convertía en una hermosa imagen de gran formato.
Allí pasaba horas y horas, transformado en fotos en papel, antiguos negativos que habían quedado en mi casa desde hacía muchos años. Era la resurrección de un pasado cargado de recuerdos; eran documentos que había logrado rescatar, incluso del olvido.

Siempre oí decir que para algunas tribus indoamericanas la fotografía significaba “robar el alma” y cada vez más me he convencido que es la pura y santa verdad: es el cuerpo movido aún por el espíritu que se conserva “robado” en un momento para la eternidad.
Cuando la joven directora, Celeste Rojas Mugica (nacida en Santiago de Chile en 1987), entra con su padre Luis (Lucho) Rojas al cuarto obscuro, ambos se transforman en siluetas modeladas por la luz roja y el diálogo entre ambas es un coloquio biográfico relativo a hechos que ocurrieron mucho antes que Celeste naciera: se trata de la resurrección de una larga agonía (= lucha por sobrevivir), después del golpe de Estado de 1973 en Chile.
El primer efecto lumínico se da en el agua de la cubeta y es, precisamente, el agua la que reprodujo las primeras imágenes en el planeta, pero sin poder conservarlas. Sin embargo, del agua vino la vida y aquí cumple con la función de dar vida a los recuerdos.

Desde la ventana de un edificio de altura, se podía observar la represión en la comuna de Providencia. Ahora es el momento de reconstruir la vida del que tuvo que huir y de que de cada imagen puede contar una historia.
Están, también, como complemento las filmaciones en 8 y en 16 mm, que incluyen las aventuras del “chico Raúl” cuando atraviesa la frontera de Ecuador, o cuando camina silbando el tango Volver.
Pero también hay sueños, como el de la micro, y – junto a los viajes reales – están los simulados, que eran un instructivo para una vida paralela. Cruzó la cordillera, pero no quiere hablar de eso. Con sus compañeros preferían no plantearse el tema de la muerte: de alguna manera se autoprotegían.
La imaginación permitía sobrevivir a través de la magia de creerse el cuento. Lucho admite: “No estábamos hechos para vencer y uno no lo sabe hasta después”.
Los segundos se cuentan encendiendo fósforos: yo también aprendí que basta un segundo para perder una fotografía. En su mundo de fugitivo, demorarse 4 ó 5 minutos podía significar la muerte de alguien.
La canción de los elefantes que se balanceaban sobre la tela de una araña, es una cantinela infantil, pero lleva consigo la filosofía de apoyo mutuo.

Todo iluminado con la luz roja del cuarto obscuro hasta que, el 6 de octubre de 1988, la cámara reproduce un nuevo amanecer.
TRÁILER DEL FILM:
“Una sombra oscilante”
Una sombra oscilante
Chile
Argentina
Año: 2024
JOBLAR EN
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